domingo, 23 de diciembre de 2007

La Conversación I

Mañana fría de invierno que cae sobre nuestro cálido manto, esperando abrir los párpados, esperando a que el sol haga lo mismo, apareciendo en el horizonte, desde la oscuridad, iluminando con destellos cristalinos. Vuelves a ver la realidad, con las manos te estrujas los ojos, perplejo ¿es la realidad lo que veo?, evocas estas palabras a tu compañera la soledad, las letras suben y bajan por el cuarto descendiendo en intensidad y al final se pierden en el infinito, desprendes de tus ojos las puertas que se habían mantenido cerradas en el mundo onírico.
Miles de colores centelleantes llegan hasta tus ojos rojos, irritados por el reflejo del gran sol que ya comienza ha ascender sobre nuestras cabezas, hacia su éxtasis para después caer sobre la nada, perdiéndose bajo el océano, adentrándose en las profundidades, rodeado de horrores y monstruos, morir para volver a nacer...
Te despojas de tus placenteras mantas, y aun puedes sentir el frío que ha dejado la noche, puedes oler su aroma, sentir como acaricia cada parte de tu cuerpo desnudo con sus finas manos, mientras tus pequeños pezones se excitan con su sensualidad. Subes la persiana, molesto, por el desagradable ruido. Tus oídos siguen escuchando los susurros de la luna, su voz melancólica ;contrapunto con el alegre cantar de los pájaros posados en los altares de la anciana encina, que agita sus ramas al son de la música.
Observas el nuevo día, el nuevo edificio negro de enfrente ardiendo bajo el sol, los árboles emiten su belleza bajo el influjo de la luz, mostrándose diferentes, inmaculados, recién nacidos, irradiándonos de sus tonalidades crepusculares.
Mientras vagas por estos parajes, cierras los párpados, impaciente por volver a encontrar el silencio, la oscuridad, la tranquilidad... Ruidos llegan procedentes de automóviles corriendo sobre el asfalto como si llegaran tarde a la cita con la pálida dama, mirando el reloj impacientes, hacen sonar sus claxón, protestan, juran, insultan, odian el mundo, odian su casa, odian su coche, odian su mujer, sus hijos, su perro, se odian a ellos mismos... en fin el maldito tiempo que atormenta al ser ¿humano?, tu mente viaja de una imagen a otra, no se detiene, escenas oníricas, hermosas mujeres de delicadas curvas y largas melenas que caen sobre sus blancos senos, ocultándote el deseo, escondiéndolo, mientras agitan su cuerpo de arriba abajo, moviendo rápidamente los brazos, dibujando extrañas figuras en el aire, sus hermosos piececitos sobre la arena, desnudos ante la tierra, se mueven rozándola, sin dejar señal de su presencia...
Alguien golpea la puerta, por el sonido que emite cada contacto de su puño sobre la madera, deduces que esta enfurecido. Tu cuerpo se queda paralizado, sientes como el corazón late, tus sienes se balancean al son de su frenético ritmo, lo escuchas, sale disparado, grandes torbellinos que se apropian del silencio y resuenan en las paredes. Respiras hondo, mantienes la mente en blanco, desciende el ritmo, los tambores dejan de sonar en el campamento del amor, y tu lado racional vuelve a funcionar, empezando a emitir preguntas y repuestas a velocidades abismales;¿Este soy yo?-Sí, Vale ¿dónde estoy?-Estoy en mi cuarto, ¿Estoy desnudo?-Si, ¿Alguien ha llamado a la puerta?-Si, ¿Esta enfurecido?-Eso parece, ¿Debería ponerme unos calzoncillos?-¿Deberías?
Al concluir el frenético autorreconocimiento, estas preparado, echas un vistazo a tu alrededor, encuentras unos calzoncillos blancos bajo la silla, lo coges con tu mano derecha, levantas tu pierna izquierda y la introduces en el lado izquierdo del calzoncillo blanco, luego haces lo mismo con la derecha, al instante cuando terminas tu trabajo, te alzas sobre tus pies, sacas pecho y sonríes.¿Veamos quien es el extraño hombre que aporrea mi puerta?, piensas mientras te diriges derecho como si un fantasma te estirara, sintiéndote rígido, pesado, exhausto a cada movimiento de pies. Alcanzas el pomo de la puerta, dudas, extraños pensamientos llegan a tu mente como dardos envenenados, te atormentan, tus manos sudan, impregnando el pomo metálico de salitre, tu cuerpo quiere temblar, pero en ese momento los dioses se vuelven piadosos y te muestran tu triunfo. Tus ojos se abren mas, tus oídos se despojan de la melancolía onírica, te sientes tan liviano como las hermosas flores. Y decidido, abres la puerta.
La puerta de madera se desliza suavemente sobre el suelo, acariciándolo, y poco a poco se deja entrever la silueta de ¿un hombre?, un segundo mas tarde la puerta de la habitación, y la puerta de soledad se han abierto en perfecta armonía, y ante ti se presenta un hombre alto, robusto vestido con un traje de dos piezas azul marino, el azul marino mas angustioso que has visto en toda tu vida, como sacado de las profundidades del mar. Observas su camisa blanca inmaculada, como si nunca hubiera visto la luz, tan brillante como nuestro alumbramiento, sobre ella cae una corbata negra. Se te queda grabada la imagen, negro sobre blanco.
Sigues bajando la mirada, tus pupilas absorben, mientras tu cerebro archiva todo cuanto deslizas sobre tus ojos, los pantalones vuelven a causarte esa misma sensación angustiosa de abismo, y bajas rápidamente la mirada hacía sus zapatos, mocasines negros, impecablemente limpios, y de nuevo la misma visión, los brillantes zapatos negros sobre el suelo blanco.
Tras este breve lapsus, sientes ganas de vomitar, te repugna el hombre que tienes delante, no sabes porque, quizá es su traje o quizá son las extrañas vibraciones que emite, y que impregnan cada poro de tu cuerpo. Al final sonríes.
-Hola, dice tu boca, con la mirada puesta en el infinito.
-Hola, ¿es usted Uno?
-Sí, contestas sin esperar a que tu razón actúe.
-Oh estupendo, sonríe el hombre del traje, yo soy Jesús. Y el hombre calla.
Estás dudando, no sabes si debes alegrarte de que te conozca y él sea Jesús, o no debes abrir la boca y esperar que Jesús tras haberse presentado se marche de tu umbral, tal y como había llegado, de la nada. Durante ese silencio infinito, tus ojos se impregnan de su rostro, deduces que es irlandés, blanco, pálido, como si nunca un haz de luz hubiera atravesado su fina piel, tiene uno pómulos marcados que le dan una apariencia ruda, hombre fuerte, seguro de sí mismo, tus ojos se fijan en su boca, tiene unos labios carnosos, excesivamente rojizos en contraste con el delicado color de su piel. En sus labios se observaba sensualidad, unos labios que pedían que los besaras, que los acariciaras rozando las yemas de tus dedos sobre su superficie, sintiendo como se deslizan , sintiendo su belleza. Sientes el deseo de besarlo. ¿Le beso?. El sol esta alto y tu razón manda.
No le besas.
-Señor Uno le traigo esta nota, debe firmarla, es una cita. Dice Jesús, sonriendo, mostrándote sus dientes perfectamente alineados, como si diminutos maestros renacentistas hubiesen levantado en su boca la mayor obra de arte de la humanidad.
-¿Una cita?¿Qué quiere decir usted?. De nuevo te entra aquel escalofrío, te estremeces, sientes nauseas, comienza otra vez el corazón, y su incasable ritmo se adueña de tu cuerpo.
-Del comisario de policía quiere hacerle unas preguntas, si usted fuera tan amable y le entregara algo de su preciado tiempo señor Uno. Contesta el emisario de la policía.
En ese momento siento aún mas asco por él, la angustia se convierte en pánico, sientes como tus pensamientos se alejan de la escena de la puerta, y caes en un abismo sin fondo, moviéndote desesperadamente en tu caída. ¡Regresas! , tus ojos vibran ante la imagen, ves la sombra de Jesús, y ves a Jesús, maldita luz. Una repentina voluntad sale desde las entrañas de tu cuerpo, y comienzas a abrir tus labios.
-¿Policía? ¿Se ha debido de equivocar? ¿Habrá mas personas que se llamen Uno no?, excelente momento de lucidez piensas.
-No señor, usted es el único uno que existe en toda la ciudad, apostaría a que es usted el único que afirma ser uno, por lo tanto es el único uno. Ahora debe firmar aquí.
Te señala un pequeño recibo de color rosa con tu nombre, debes firmar en la parte inferior del lado izquierdo. El emisario, sicario piensas, te alcanza una lujosa pluma estilográfica, adornada con diminutas figuras bañadas en oro. Te impresionas,¿Cómo es posible que un sicario de la policía lleve una estilográfica? –Podría ser que me estuviera mintiendo, y en realidad fuera un asesino a sueldo que viene a por mis cojones. ¿Ganan mucho dinero los sicarios de policía? -Supongo que sacarán más dinero sucio del que ganan del Estado, pobrecillos.¿Por qué si tienen plumas tan caras utilizan un papel tan rancio?-Porque son unos fantasmas. Obtienes vagas respuestas, sigues en el mismo punto de partida. Coges la pluma y con un suave deslizamiento la tinta se marca en el papel barato, estampas tu firma. Le devuelves la pluma.
-¿Se puede saber cual es el motivo de mi cita, Señor Jesús?, preguntas indignado, pero ya no por el sicario si no contigo mismo.¿Por qué habré sido tan idiota? ¿Por qué firmé sin saber qué estaba firmando?.
-No señor Uno, te dice el sicario mientras te mira firmemente a los ojos, penetrantes ojos verdes que parecían leer los secretos más íntimos de tu alma.
Te asustas tanto que cierras de golpe, al otro lado de la puerta Jesús se queda petrificado ante la fría madera, suspira, saca un Marlboro de su bolsillo izquierdo, enciende un zippo, el cigarro se empieza a consumir, su tiempo también, da media vuelta y se desliza como un rayo escaleras abajo.
Te quedas inmóvil con el pequeño sobre blanco en tus manos, lleva tu nombre impreso a maquina, y tu dirección, es para ti.
Abres el sobre, dentro aparece un papel barato idéntico al que acabas de firmar. Lo observas detenidamente, lees: “Señor Uno debe presentarse esta misma tarde en la comisaría de la calle cielo sin número a las 8 en punto, debe preguntar por el comisario Federico, no dude en presentarse, sabemos de las atrocidades que ha cometido”.
Estas últimas palabras te causan un gran sobresalto, cada músculo de tu cuerpo se estremece. Caes sobre el suelo blanco, sientes frío, tu rizada cabeza se apoya sobre tus manos .Y tu mente se vuelve una infinita espiral de preguntas. Comienzas a caminar por los sueños del pasado, hasta tu infancia, dejas de pensar rápidamente en ella, oh dolorosos recuerdos de una vida feliz...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Desviar mi atención o entretenerla? oníricamente no estamos de acuerdo pero encuentro bastante elegante la fuerza con la que invitas a seguir cada uno de los movimientos de uno, puedo sentir como se pone esos calzones e incluso como suda antes de abrir la puerta a Jesús. POr cierto seas quien seas eres bastante rarete, conservate.