
La ciega: Cuando desperté aún seguía vestida, y alguien me había puesto las gafas de sol. Al procurar levantarme sufrí un intenso mareo, como si estuviese sentada en el techo de la habitación, por la absoluta negrura que había plagado mi vista. Girando por la habitación, como una brújula en un espacio sin norte, perdí por completo el equilibrio y caí sentada en el borde de la cama. En las lentes que llevaba puestas debieron de reflejarse todos los objetos que me rodeaban mientras trataba de recobrar la tranquilidad. Con ayuda de mis manos y la viva imagen que conservaba de la habitación, logré encontrar el bolso. En las lentes apareció una cremallera bordada en dos piezas de cuero. Mi mano la abrió lentamente dejando al descubierto un par de sobres que contenían compresas. El vientre me dolía con la misma intensidad que como lo había hecho cada veintiocho días desde los catorce años, exceptuando los períodos de embarazo de mis dos criaturas. Me palpé la entrepierna un poco intranquila, todavía no había manchado. Miré al frente y en las lentes se reflejaron seguramente las cortinas de seda blanca que tapaban el cielo. Me retiré la falda hasta la cintura, y la abroche al lazo que rodeaba el vestido. La sujeté con una mano para asegurarme, y con la otra bajé las bragas hasta la altura de las rodillas. Con la misma mano alcancé uno de los sobres, apreté una punta con los labios, tiré del sobre y la compresa asomó por el extremo. La saqué con delicadeza, coloqué el lado impregnado de pegamento en la tela que tenía entre las rodillas, estiré las bragas hasta arriba y dejé que la falda cayese sola hasta los tobillos. En las lentes todavía debían de reflejarse las blancas cortinas de seda; luego las estanterías de libros, los muebles llenos de retratos, el orinal que había en la moqueta, la botella de agua medio vacía, una mesilla de noche junto a la cama, encima un baso, en su interior, metidos en agua, los pálidos globos que hasta entonces sólo habían mirado desde el otro lado de las lentes.
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