jueves, 13 de diciembre de 2007

PEGGY LU

Pongamos que se llama Mr. Proust. No, no tiene nada que ver con el escritor, pero no eres la primera persona que lo pregunta. Él mismo empieza a estar un poco harto del tema. Por el bien de todos, llamemos a Mr. Proust con otro nombre, como Sr. Shandy. Pocos serán los que le paren por la calle a decirle "¡Vaya, como Tristan Shandy!", y los que lo hagan le parecerán tanto o más repugnantes que quienes no conocen al personaje en cuestión. El Sr. Shandy odia a la gente. Nos odia a todos y a cada uno de nosotros. Para él somos escoria, lo peor de lo peor, lo más bajo. No es que él se crea mejor, es sólo que considera que él al menos es consciente de su propia repugnancia.

El Sr. Shandy a veces se hace llamar Sancho Panza. Otras; Tina Turner. Nada le importa, todo le es igual. Le damos asco, es lo único de lo que está seguro, y no dudará en escupir a una anciana en el metro o prender fuego a un convento de monjas si es eso lo que le apetece. Y no es que le reproche nada, qué va. Que escupa, que escupa, y que queme, que queme. ¿Qué puedes hacer en esos casos más que callar? A un hombre que se desprecia de esa forma no puedes decirle ni hacerle nada que suponga un mayor castigo para él que su propia vida tortuosa e infernal en un cuerpo que detesta. El Sr. Shandy está harto, harto de todo, harto de su hombría. Se hace mujer. Sí, ¿por qué no?

La Sra. Shandy se va de compras y después arrastra todas las bolsas hasta la peluquería de siempre. Lavar y cortar. La peluquera se llama Peggy, y ahora la Sra. Shandy también. Nunca más será Sra. Shandy. Señorita Peggy Lu. Le gusta, le chifla. Piensa que el ingenio y la inspiración están brotando en su cuerpo; coge papel y bolígrafo. Es el momento, Peggy Lu, lo haces ahora o no lo haces nunca. Se pone a escribir algo que no alcanzo a leer, aunque creo que pone


Peggy Lu es nombre de imbécil.


Sí, es de imbécil, pero le gusta, no puede ocultarlo, sus ojos y esa media sonrisa la delatan. La señorita Peggy Lu se acaricia el mostacho y la barba y se enciende un puro. Cómo le gustaría ser hombre y llamarse Rodrigo. Piensa que podría hacerlo, no sería la primera vez, pero Peggy Lu ejerce un magnetismo especial sobre ella. Decidido: será Rodrigo Campoviejo durante unas horas. Después volverá a ser la bonita Peggy Lu, la estúpida Peggy Lu, la de la barba poblada.

Rodrigo Campoviejo, portero nocturno en una discoteca. Entran chavales, un, dos, tres, treinta. Los pocos que salen de pie del local lo hacen para acercarse a una esquina a vomitar. Los chavales le producen grima, pero admira su ebriedad y ansía su vómito. Deja la puerta sin vigilancia y entra en la discoteca con la idea de beber, fumar y no decir que no a ninguna otra droga. Le despedirán. Eso asusta a Rodrigo Campoviejo, que mantiene con ese empleo a su mujer y a su hija de 6 años. Pero Peggy Lu ríe desde dentro, ríe a carcajadas, tan alto que Rodrigo se hecha a temblar. Va a beber hasta reventar, hasta caer inconsciente al suelo. Será la ruina de Rodrigo Campoviejo, pero a ella no le importa. Por la mañana volverá a ser Peggy Lu, y no volverá a dedicar un sólo pensamiento a ese deshecho humano, ese pestilente y estúpido portero. Que le den, hombre, Peggy Lu es mucho más bonita, mucho más barbuda, y aunque en esencia ella sea la misma mierda que él, al menos su nombre resulta atractivo, y un nombre atractivo es más de lo que la mayoría de la gente aporta al mundo durante toda su vida.

Peggy Lu se casa con un hombre que parece una gallina. No lo ama, Peggy Lu nunca ha amado, pero su marido le hace gracia. Se llama Gregorio, tal vez el nombre más ridículo de cuantos existen, y encima se parece a una gallina. Peggy Lu le insulta, a veces le pega, o le baja los pantalones en medio de una plaza abarrotada de gente. Él la soporta porque ella es bonita, y su barba le vuelve loco, pero a veces piensa, a veces se le ocurre, que si él fuera su mujer, no hablaría así a su marido, o sea, a él. Basta ya de juegos, detengámonos. Gregorio ha explotado, ya no quiere ser Gregorio. Decide ser Peggy Lu. Al fin y al cabo, si te paras a pensarlo, Gregorio ha tomado una sabia decisión. Nadie sabe, salvo uno mismo, el modo en que quiere ser tratado. Dicho y hecho. Gregorio se hace Peggy, y como está casado consigo mismo, vive desdoblado en una casita de campo. Nunca riñen, nunca discuten. Saben en todo momento lo que el otro va a decir, por eso dejan de hablarse. Al final, Gregorio decide que el divorcio es la salida. Peggy se va a conocer mundo; a las Antípodas, creo, o al Congo. Gregorio encuentra un trabajo como científico loco en una empresa de científicos con problemas mentales y esquizofrenia.


Peggy Lu ha crecido y ha madurado. Se ve capaz de afrontar la realidad, su realidad. Vuelve a ser la Sra. Shandy, o Mr. Proust. Vuelve a algo que fue, no sabe muy bien a qué, pero siente la necesidad de recobrar su nombre aunque antes de ese tuviera muchos otros. Se dedica a pasear por la ciudad, gritando a quien quiera escucharle que


Mr. Proust da asco, pero la Sra. Shandy también.


Echa de menos a Gregorio, el repugnante Gregorio. Ese gordo, ese viejo. Odia a Gregorio de tal forma que necesita verlo y, presentado el caso, asestarle varias cuchilladas en su carnosa barriga. Sí, eso lo calmaría. Así que allá va Mr. Proust, con ímpetu, ahí se acerca la Sra. Shandy, empuñando el cuchillo, por ahí se asoma Rodrigo Campoviejo, pobre desdichado, pobre borracho que perdió su empleo y su familia la misma noche y después se tiró por la ventana, pobre hombre, pobre basura, pedazo de mierda, se suicidó y ahí se acerca, con los ojos fuera de sus órbitas. Van, pues, todos ellos que son uno, y se presentan a la salida del laboratorio donde Gregorio experimenta con ratas que no apestan más que él.

Un cuchillazo, dos cuchillazos. Gregorio no los siente, ni siquiera nota cosquillas. Pasarán años hasta que los perciba. Estará paseando tranquilamente por su jardín, el día de su jubilación, cuando sienta el filo de la navaja atravesándole el vientre. Y morirá desangrado, sí, y habrá sido un asesinato a destiempo, ajá. Pero Peggy Lu ya estará lejos. Habrá vuelto, de este mundo o de aquel, y habrá vuelto para huir.

Peggy Lu es una fugitiva de la justicia. Pero no le importa. El hombre le da asco, y la justicia, como creación humana, le parece del mismo modo detestable. Se odia tanto a sí misma, a pesar de su envidiada barba femenina, porque ella es todas las mujeres, y también todos los hombres y todas las gallinas, y todos los hamsters, y todos los paraguas del mundo, hebillas rotas o no. Ella sobrevivirá al ser humano, sobrevivirá a la justicia. Se llamará Peggy, o Nancy, o Rosario, o puede que se llame Universo. Sr. Universo o Sra. Universo. Ya decidirá, aún le quedan millones de años para eso, pero se teme, y en esto he de apoyarla, que para entonces la diferencia no importe. Sólo quedará ella en el mundo, y toda esa repugnancia que siente por la vida se concentrará en ella, sólo en ella, y habrá una explosión, una tremenda, un estallido de asco y grima, y el mundo, la vida, la realidad, renacerá, se rehará, pero se rehará desde ese asco, desde esa grima.

Tú, como yo, como todos, eres hijo de tu tiempo, eres hijo de Peggy Lu.

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