lunes, 24 de diciembre de 2007

La Conversación II

El reloj colonial anuncia las 6 con un enorme estruendo, las almas muertas del campo santo, se despiertan. Estás preparado, vestido con tus mejores prendas, aseado, afeitado...Hundido. El cielo parece que ha descendido hasta la altura de tu cabeza, oprimiéndote. El ambiente es cálido, sientes el sudor aparecer en cada poro de tu cuerpo, te asfixia, tienes sed. No sabes que vas a encontrar dentro de la comisaría, y tu mente vaga por las infinitas profundidades de la desesperación, temes su compañía…
Ahora recuerdas aquellos días en los que conversábamos juntos, sin parar, excelentes comidas y vinos nos rodeaban, cada plato era saboreado como si se después fuésemos a perecer. Por la noche encendíamos velas, y nos acariciábamos con susurros, llenos de sensualidad. Luego se fue y no vino nadie…
El tiempo se detuvo para ti, desde ese último vistazo, ese cruce de miradas desesperadas ante la despedida. El silencio como testigo privilegiado.
Desde ese día, la oscuridad se adueño de tu alma. Los días y las noches pasaban bajo tu cabeza acariciándola, sin dejar apenas notar su presencia. Tres años, tres vidas, tres eternidades, habías saboreado.
Hoy era el día, tu mente vuelve a la realidad, tras el umbral se esconde ahora lo desconocido.

domingo, 23 de diciembre de 2007

La Conversación I

Mañana fría de invierno que cae sobre nuestro cálido manto, esperando abrir los párpados, esperando a que el sol haga lo mismo, apareciendo en el horizonte, desde la oscuridad, iluminando con destellos cristalinos. Vuelves a ver la realidad, con las manos te estrujas los ojos, perplejo ¿es la realidad lo que veo?, evocas estas palabras a tu compañera la soledad, las letras suben y bajan por el cuarto descendiendo en intensidad y al final se pierden en el infinito, desprendes de tus ojos las puertas que se habían mantenido cerradas en el mundo onírico.
Miles de colores centelleantes llegan hasta tus ojos rojos, irritados por el reflejo del gran sol que ya comienza ha ascender sobre nuestras cabezas, hacia su éxtasis para después caer sobre la nada, perdiéndose bajo el océano, adentrándose en las profundidades, rodeado de horrores y monstruos, morir para volver a nacer...
Te despojas de tus placenteras mantas, y aun puedes sentir el frío que ha dejado la noche, puedes oler su aroma, sentir como acaricia cada parte de tu cuerpo desnudo con sus finas manos, mientras tus pequeños pezones se excitan con su sensualidad. Subes la persiana, molesto, por el desagradable ruido. Tus oídos siguen escuchando los susurros de la luna, su voz melancólica ;contrapunto con el alegre cantar de los pájaros posados en los altares de la anciana encina, que agita sus ramas al son de la música.
Observas el nuevo día, el nuevo edificio negro de enfrente ardiendo bajo el sol, los árboles emiten su belleza bajo el influjo de la luz, mostrándose diferentes, inmaculados, recién nacidos, irradiándonos de sus tonalidades crepusculares.
Mientras vagas por estos parajes, cierras los párpados, impaciente por volver a encontrar el silencio, la oscuridad, la tranquilidad... Ruidos llegan procedentes de automóviles corriendo sobre el asfalto como si llegaran tarde a la cita con la pálida dama, mirando el reloj impacientes, hacen sonar sus claxón, protestan, juran, insultan, odian el mundo, odian su casa, odian su coche, odian su mujer, sus hijos, su perro, se odian a ellos mismos... en fin el maldito tiempo que atormenta al ser ¿humano?, tu mente viaja de una imagen a otra, no se detiene, escenas oníricas, hermosas mujeres de delicadas curvas y largas melenas que caen sobre sus blancos senos, ocultándote el deseo, escondiéndolo, mientras agitan su cuerpo de arriba abajo, moviendo rápidamente los brazos, dibujando extrañas figuras en el aire, sus hermosos piececitos sobre la arena, desnudos ante la tierra, se mueven rozándola, sin dejar señal de su presencia...
Alguien golpea la puerta, por el sonido que emite cada contacto de su puño sobre la madera, deduces que esta enfurecido. Tu cuerpo se queda paralizado, sientes como el corazón late, tus sienes se balancean al son de su frenético ritmo, lo escuchas, sale disparado, grandes torbellinos que se apropian del silencio y resuenan en las paredes. Respiras hondo, mantienes la mente en blanco, desciende el ritmo, los tambores dejan de sonar en el campamento del amor, y tu lado racional vuelve a funcionar, empezando a emitir preguntas y repuestas a velocidades abismales;¿Este soy yo?-Sí, Vale ¿dónde estoy?-Estoy en mi cuarto, ¿Estoy desnudo?-Si, ¿Alguien ha llamado a la puerta?-Si, ¿Esta enfurecido?-Eso parece, ¿Debería ponerme unos calzoncillos?-¿Deberías?
Al concluir el frenético autorreconocimiento, estas preparado, echas un vistazo a tu alrededor, encuentras unos calzoncillos blancos bajo la silla, lo coges con tu mano derecha, levantas tu pierna izquierda y la introduces en el lado izquierdo del calzoncillo blanco, luego haces lo mismo con la derecha, al instante cuando terminas tu trabajo, te alzas sobre tus pies, sacas pecho y sonríes.¿Veamos quien es el extraño hombre que aporrea mi puerta?, piensas mientras te diriges derecho como si un fantasma te estirara, sintiéndote rígido, pesado, exhausto a cada movimiento de pies. Alcanzas el pomo de la puerta, dudas, extraños pensamientos llegan a tu mente como dardos envenenados, te atormentan, tus manos sudan, impregnando el pomo metálico de salitre, tu cuerpo quiere temblar, pero en ese momento los dioses se vuelven piadosos y te muestran tu triunfo. Tus ojos se abren mas, tus oídos se despojan de la melancolía onírica, te sientes tan liviano como las hermosas flores. Y decidido, abres la puerta.
La puerta de madera se desliza suavemente sobre el suelo, acariciándolo, y poco a poco se deja entrever la silueta de ¿un hombre?, un segundo mas tarde la puerta de la habitación, y la puerta de soledad se han abierto en perfecta armonía, y ante ti se presenta un hombre alto, robusto vestido con un traje de dos piezas azul marino, el azul marino mas angustioso que has visto en toda tu vida, como sacado de las profundidades del mar. Observas su camisa blanca inmaculada, como si nunca hubiera visto la luz, tan brillante como nuestro alumbramiento, sobre ella cae una corbata negra. Se te queda grabada la imagen, negro sobre blanco.
Sigues bajando la mirada, tus pupilas absorben, mientras tu cerebro archiva todo cuanto deslizas sobre tus ojos, los pantalones vuelven a causarte esa misma sensación angustiosa de abismo, y bajas rápidamente la mirada hacía sus zapatos, mocasines negros, impecablemente limpios, y de nuevo la misma visión, los brillantes zapatos negros sobre el suelo blanco.
Tras este breve lapsus, sientes ganas de vomitar, te repugna el hombre que tienes delante, no sabes porque, quizá es su traje o quizá son las extrañas vibraciones que emite, y que impregnan cada poro de tu cuerpo. Al final sonríes.
-Hola, dice tu boca, con la mirada puesta en el infinito.
-Hola, ¿es usted Uno?
-Sí, contestas sin esperar a que tu razón actúe.
-Oh estupendo, sonríe el hombre del traje, yo soy Jesús. Y el hombre calla.
Estás dudando, no sabes si debes alegrarte de que te conozca y él sea Jesús, o no debes abrir la boca y esperar que Jesús tras haberse presentado se marche de tu umbral, tal y como había llegado, de la nada. Durante ese silencio infinito, tus ojos se impregnan de su rostro, deduces que es irlandés, blanco, pálido, como si nunca un haz de luz hubiera atravesado su fina piel, tiene uno pómulos marcados que le dan una apariencia ruda, hombre fuerte, seguro de sí mismo, tus ojos se fijan en su boca, tiene unos labios carnosos, excesivamente rojizos en contraste con el delicado color de su piel. En sus labios se observaba sensualidad, unos labios que pedían que los besaras, que los acariciaras rozando las yemas de tus dedos sobre su superficie, sintiendo como se deslizan , sintiendo su belleza. Sientes el deseo de besarlo. ¿Le beso?. El sol esta alto y tu razón manda.
No le besas.
-Señor Uno le traigo esta nota, debe firmarla, es una cita. Dice Jesús, sonriendo, mostrándote sus dientes perfectamente alineados, como si diminutos maestros renacentistas hubiesen levantado en su boca la mayor obra de arte de la humanidad.
-¿Una cita?¿Qué quiere decir usted?. De nuevo te entra aquel escalofrío, te estremeces, sientes nauseas, comienza otra vez el corazón, y su incasable ritmo se adueña de tu cuerpo.
-Del comisario de policía quiere hacerle unas preguntas, si usted fuera tan amable y le entregara algo de su preciado tiempo señor Uno. Contesta el emisario de la policía.
En ese momento siento aún mas asco por él, la angustia se convierte en pánico, sientes como tus pensamientos se alejan de la escena de la puerta, y caes en un abismo sin fondo, moviéndote desesperadamente en tu caída. ¡Regresas! , tus ojos vibran ante la imagen, ves la sombra de Jesús, y ves a Jesús, maldita luz. Una repentina voluntad sale desde las entrañas de tu cuerpo, y comienzas a abrir tus labios.
-¿Policía? ¿Se ha debido de equivocar? ¿Habrá mas personas que se llamen Uno no?, excelente momento de lucidez piensas.
-No señor, usted es el único uno que existe en toda la ciudad, apostaría a que es usted el único que afirma ser uno, por lo tanto es el único uno. Ahora debe firmar aquí.
Te señala un pequeño recibo de color rosa con tu nombre, debes firmar en la parte inferior del lado izquierdo. El emisario, sicario piensas, te alcanza una lujosa pluma estilográfica, adornada con diminutas figuras bañadas en oro. Te impresionas,¿Cómo es posible que un sicario de la policía lleve una estilográfica? –Podría ser que me estuviera mintiendo, y en realidad fuera un asesino a sueldo que viene a por mis cojones. ¿Ganan mucho dinero los sicarios de policía? -Supongo que sacarán más dinero sucio del que ganan del Estado, pobrecillos.¿Por qué si tienen plumas tan caras utilizan un papel tan rancio?-Porque son unos fantasmas. Obtienes vagas respuestas, sigues en el mismo punto de partida. Coges la pluma y con un suave deslizamiento la tinta se marca en el papel barato, estampas tu firma. Le devuelves la pluma.
-¿Se puede saber cual es el motivo de mi cita, Señor Jesús?, preguntas indignado, pero ya no por el sicario si no contigo mismo.¿Por qué habré sido tan idiota? ¿Por qué firmé sin saber qué estaba firmando?.
-No señor Uno, te dice el sicario mientras te mira firmemente a los ojos, penetrantes ojos verdes que parecían leer los secretos más íntimos de tu alma.
Te asustas tanto que cierras de golpe, al otro lado de la puerta Jesús se queda petrificado ante la fría madera, suspira, saca un Marlboro de su bolsillo izquierdo, enciende un zippo, el cigarro se empieza a consumir, su tiempo también, da media vuelta y se desliza como un rayo escaleras abajo.
Te quedas inmóvil con el pequeño sobre blanco en tus manos, lleva tu nombre impreso a maquina, y tu dirección, es para ti.
Abres el sobre, dentro aparece un papel barato idéntico al que acabas de firmar. Lo observas detenidamente, lees: “Señor Uno debe presentarse esta misma tarde en la comisaría de la calle cielo sin número a las 8 en punto, debe preguntar por el comisario Federico, no dude en presentarse, sabemos de las atrocidades que ha cometido”.
Estas últimas palabras te causan un gran sobresalto, cada músculo de tu cuerpo se estremece. Caes sobre el suelo blanco, sientes frío, tu rizada cabeza se apoya sobre tus manos .Y tu mente se vuelve una infinita espiral de preguntas. Comienzas a caminar por los sueños del pasado, hasta tu infancia, dejas de pensar rápidamente en ella, oh dolorosos recuerdos de una vida feliz...

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Estrategia


La ciega: Cuando desperté aún seguía vestida, y alguien me había puesto las gafas de sol. Al procurar levantarme sufrí un intenso mareo, como si estuviese sentada en el techo de la habitación, por la absoluta negrura que había plagado mi vista. Girando por la habitación, como una brújula en un espacio sin norte, perdí por completo el equilibrio y caí sentada en el borde de la cama. En las lentes que llevaba puestas debieron de reflejarse todos los objetos que me rodeaban mientras trataba de recobrar la tranquilidad. Con ayuda de mis manos y la viva imagen que conservaba de la habitación, logré encontrar el bolso. En las lentes apareció una cremallera bordada en dos piezas de cuero. Mi mano la abrió lentamente dejando al descubierto un par de sobres que contenían compresas. El vientre me dolía con la misma intensidad que como lo había hecho cada veintiocho días desde los catorce años, exceptuando los períodos de embarazo de mis dos criaturas. Me palpé la entrepierna un poco intranquila, todavía no había manchado. Miré al frente y en las lentes se reflejaron seguramente las cortinas de seda blanca que tapaban el cielo. Me retiré la falda hasta la cintura, y la abroche al lazo que rodeaba el vestido. La sujeté con una mano para asegurarme, y con la otra bajé las bragas hasta la altura de las rodillas. Con la misma mano alcancé uno de los sobres, apreté una punta con los labios, tiré del sobre y la compresa asomó por el extremo. La saqué con delicadeza, coloqué el lado impregnado de pegamento en la tela que tenía entre las rodillas, estiré las bragas hasta arriba y dejé que la falda cayese sola hasta los tobillos. En las lentes todavía debían de reflejarse las blancas cortinas de seda; luego las estanterías de libros, los muebles llenos de retratos, el orinal que había en la moqueta, la botella de agua medio vacía, una mesilla de noche junto a la cama, encima un baso, en su interior, metidos en agua, los pálidos globos que hasta entonces sólo habían mirado desde el otro lado de las lentes.

Sueño Fragmentado [ ACTO Iº ]

Helmutt Späschflicht, sentado frente a su máquina de escribir, Everwalder Strasse, München, ALEMANIA.


No voy a andarme con rodeos, si no lo escribo ahora desaparecerá de mi mente para siempre. Son tres sueños, o un mismo sueño fragmentado en tres. Los recuerdo con extraña claridad, seguramente porque aún no he despertado del todo y me encuentro en alguna parte entre el sueño y la realidad de mi habitación. Llamaremos a nuestros sueños Actos.


ACTO PRIMERO:

Estoy en una cocina bastante antigua. No estoy en mi casa, de eso estoy seguro, al igual que estoy seguro de no conocer a la anciana que tengo delante. Aún así, todo me resulta muy familiar; los olores, las manchas de humedad del techo, el descolorido tapiz de flores de las paredes, incluso el Sauce Llorón grande e imponente que está plantado en mitad de la cocina y que ocupa casi la totalidad del espacio con sus pesadas ramas que cuelgan hasta el techo.

La anciana, de espaldas a mí, cocina algo que no puedo ver sobre un viejo fogón instalado junto al tronco del Sauce, al abrigo de las hojas. Entonces deja lo que está haciendo y se gira hacia mí. Su rostro está surcado por más de un millón de arrugas, y tiene unos ojos pequeños como lentejas. Me observa con atención, me recorre con la vista de pies a cabeza, y finalmente posa sus ojos en los míos. Esboza una sonrisa torcida, una sonrisa fea pero que no puede ser otra cosa que encantadora, un gesto de máxima ternura, el reflejo de un amor eterno. Se acerca a mí y me acaricia la cara, sin separar sus ojos de los míos en ningún momento, sin pestañear, siempre sonriente. Pasa sus dedos ásperos por mis ojos, por mi nariz, roza mis labios con el dedo índice, me peina las cejas. Detiene su mano entonces en mi oreja y la acaricia con suavidad mientras va introduciendo suavemente el dedo, cada vez más hondo. Cuando su dedo toca mi tímpano, mi cariño por la anciana se torna en pánico. Ella sigue sonriendo, pero algo ha cambiado en ella. Alzo los ojos y observo por primera vez de cerca sus ojos, y me parecen de un negro intenso, como el traje de un cuervo, y la anciana misma me parece un gran ave que de un momento a otro va a desplegar unas grandes alas y se va a posar en una rama del sauce. Su dedo sigue deslizándose por mi oreja, y cuanto más se adentra mejor oigo la melodía, unas notas musicales que flotan en mi interior. Parece un himno, o una marcha triunfal. Oigo trompetas repiquetear, coros de mujeres elevar sus voces hasta el cielo, o lo que es lo mismo, hasta el cielo de la cúpula que forma el sauce.

La anciana retira su dedo de mi oreja y señala a lo alto del árbol, donde veo una pequeña cabaña de madera que hasta entonces me había pasado inadvertida. La anciana trepa por el grueso tronco con una agilidad pasmosa, y cuando se encuentra a una altura por encima de mi cabeza compruebo con horror que tiene una pata de palo. Esa imagen de la anciana trepando por el sauce y el sonido hueco de su falsa pierna al pisar, me congelan, me paralizan. Ella continúa escalando hasta la cabaña, pero yo me quedo en el suelo, observándola. Cuando llega a su meta, la vieja me señala y se ríe. Luego empieza a gritar cosas indescifrables en algún idioma olvidado, y comienza a lanzarme piedras de un cesto de mimbre que tiene a su derecha. Una piedra me alcanza en la frente y caigo al suelo en un estado de semiinconsciencia, y lo último que veo antes de despertar es cómo la vieja me señala y se ríe a carcajadas, disfrutando de mi humillación, se recoge el vestido y comienza a bailar un claqué con su pata de palo, en el tejado de la cabaña, emitiendo aullidos y cacareando.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Amma puna dantis Galia _ La raza de Adán nace en el azar y la nada.


Una oca ocasionó una ocarina. Y no es así por que lo diga yo, sino porque lo dicen las palabras; esas palas que golpean las brasas. Una ética etiquetada a la lumbre de esas brasas daría lugar a una mayor proximidad entre la lengua y la acción justa. Incluso en el campo de las definiciones, una lengua es una lentilla aguada, una lentilla es una lenteja grillada, y una sabana y un olivo pueden expresar la sábana del olvido. Robarle los ravioles al rabino, palpar la pulpa del pulpo, ladrar con fuerza al ladrillo o atar a la rata con rabia hasta matarla son acciones que uno realiza en grupo o por su cuenta para reencontrarse de nuevo con la vida de las palabras; esas larvas labradoras. Parapetándose los polímeros en los senderos del aire A la bruja se le agujereó la brújula Lamió la mía lata mientras latía La lupa palpitante la luz de la luna La medalla la salvó de la caída. ¿Sí o no? ¿O qué?

jueves, 13 de diciembre de 2007

Explicación de por qué nuestro universo se halla estancado parcialmente



Carmen piensa al Astro derrogar. No puede renovarlo otros dos millones. Tantos años le han curtido en naturaleza incierta. Su poder lo representan sus duros tonos acres. Betún, en sus zapatos, piensa Carmen. No puede renovarlo otros dos millones.

Pedro no está enamorado de Carmen. Pedro nunca ha amado, tampoco a quien calienta cada noche su cama, Astro. Dos millones más desea vivir Astro. Él si está enamorado. Él tiene rumbo y hogar que lo iluminan. Cada mañana es lucernado en su espíritu. Muerto está, vivo se mantiene. Renovado.) ese verbo es su fuerza.) su esperanza.) su alimento.)

Carmen al Astro derrogar

ASTRO

Los dioses no pueden amar cadáveres exquisitos

Pedro está aprendiendo a odiar. No se concentra, no piensa. Cree que es un método acertado para olvidarse de esa sensación tan correosa.

Orbitar corazones reclutados en razón enferma es lo único que la resignación les brinda a Carmen, a Astro y a Pedro.


PEGGY LU

Pongamos que se llama Mr. Proust. No, no tiene nada que ver con el escritor, pero no eres la primera persona que lo pregunta. Él mismo empieza a estar un poco harto del tema. Por el bien de todos, llamemos a Mr. Proust con otro nombre, como Sr. Shandy. Pocos serán los que le paren por la calle a decirle "¡Vaya, como Tristan Shandy!", y los que lo hagan le parecerán tanto o más repugnantes que quienes no conocen al personaje en cuestión. El Sr. Shandy odia a la gente. Nos odia a todos y a cada uno de nosotros. Para él somos escoria, lo peor de lo peor, lo más bajo. No es que él se crea mejor, es sólo que considera que él al menos es consciente de su propia repugnancia.

El Sr. Shandy a veces se hace llamar Sancho Panza. Otras; Tina Turner. Nada le importa, todo le es igual. Le damos asco, es lo único de lo que está seguro, y no dudará en escupir a una anciana en el metro o prender fuego a un convento de monjas si es eso lo que le apetece. Y no es que le reproche nada, qué va. Que escupa, que escupa, y que queme, que queme. ¿Qué puedes hacer en esos casos más que callar? A un hombre que se desprecia de esa forma no puedes decirle ni hacerle nada que suponga un mayor castigo para él que su propia vida tortuosa e infernal en un cuerpo que detesta. El Sr. Shandy está harto, harto de todo, harto de su hombría. Se hace mujer. Sí, ¿por qué no?

La Sra. Shandy se va de compras y después arrastra todas las bolsas hasta la peluquería de siempre. Lavar y cortar. La peluquera se llama Peggy, y ahora la Sra. Shandy también. Nunca más será Sra. Shandy. Señorita Peggy Lu. Le gusta, le chifla. Piensa que el ingenio y la inspiración están brotando en su cuerpo; coge papel y bolígrafo. Es el momento, Peggy Lu, lo haces ahora o no lo haces nunca. Se pone a escribir algo que no alcanzo a leer, aunque creo que pone


Peggy Lu es nombre de imbécil.


Sí, es de imbécil, pero le gusta, no puede ocultarlo, sus ojos y esa media sonrisa la delatan. La señorita Peggy Lu se acaricia el mostacho y la barba y se enciende un puro. Cómo le gustaría ser hombre y llamarse Rodrigo. Piensa que podría hacerlo, no sería la primera vez, pero Peggy Lu ejerce un magnetismo especial sobre ella. Decidido: será Rodrigo Campoviejo durante unas horas. Después volverá a ser la bonita Peggy Lu, la estúpida Peggy Lu, la de la barba poblada.

Rodrigo Campoviejo, portero nocturno en una discoteca. Entran chavales, un, dos, tres, treinta. Los pocos que salen de pie del local lo hacen para acercarse a una esquina a vomitar. Los chavales le producen grima, pero admira su ebriedad y ansía su vómito. Deja la puerta sin vigilancia y entra en la discoteca con la idea de beber, fumar y no decir que no a ninguna otra droga. Le despedirán. Eso asusta a Rodrigo Campoviejo, que mantiene con ese empleo a su mujer y a su hija de 6 años. Pero Peggy Lu ríe desde dentro, ríe a carcajadas, tan alto que Rodrigo se hecha a temblar. Va a beber hasta reventar, hasta caer inconsciente al suelo. Será la ruina de Rodrigo Campoviejo, pero a ella no le importa. Por la mañana volverá a ser Peggy Lu, y no volverá a dedicar un sólo pensamiento a ese deshecho humano, ese pestilente y estúpido portero. Que le den, hombre, Peggy Lu es mucho más bonita, mucho más barbuda, y aunque en esencia ella sea la misma mierda que él, al menos su nombre resulta atractivo, y un nombre atractivo es más de lo que la mayoría de la gente aporta al mundo durante toda su vida.

Peggy Lu se casa con un hombre que parece una gallina. No lo ama, Peggy Lu nunca ha amado, pero su marido le hace gracia. Se llama Gregorio, tal vez el nombre más ridículo de cuantos existen, y encima se parece a una gallina. Peggy Lu le insulta, a veces le pega, o le baja los pantalones en medio de una plaza abarrotada de gente. Él la soporta porque ella es bonita, y su barba le vuelve loco, pero a veces piensa, a veces se le ocurre, que si él fuera su mujer, no hablaría así a su marido, o sea, a él. Basta ya de juegos, detengámonos. Gregorio ha explotado, ya no quiere ser Gregorio. Decide ser Peggy Lu. Al fin y al cabo, si te paras a pensarlo, Gregorio ha tomado una sabia decisión. Nadie sabe, salvo uno mismo, el modo en que quiere ser tratado. Dicho y hecho. Gregorio se hace Peggy, y como está casado consigo mismo, vive desdoblado en una casita de campo. Nunca riñen, nunca discuten. Saben en todo momento lo que el otro va a decir, por eso dejan de hablarse. Al final, Gregorio decide que el divorcio es la salida. Peggy se va a conocer mundo; a las Antípodas, creo, o al Congo. Gregorio encuentra un trabajo como científico loco en una empresa de científicos con problemas mentales y esquizofrenia.


Peggy Lu ha crecido y ha madurado. Se ve capaz de afrontar la realidad, su realidad. Vuelve a ser la Sra. Shandy, o Mr. Proust. Vuelve a algo que fue, no sabe muy bien a qué, pero siente la necesidad de recobrar su nombre aunque antes de ese tuviera muchos otros. Se dedica a pasear por la ciudad, gritando a quien quiera escucharle que


Mr. Proust da asco, pero la Sra. Shandy también.


Echa de menos a Gregorio, el repugnante Gregorio. Ese gordo, ese viejo. Odia a Gregorio de tal forma que necesita verlo y, presentado el caso, asestarle varias cuchilladas en su carnosa barriga. Sí, eso lo calmaría. Así que allá va Mr. Proust, con ímpetu, ahí se acerca la Sra. Shandy, empuñando el cuchillo, por ahí se asoma Rodrigo Campoviejo, pobre desdichado, pobre borracho que perdió su empleo y su familia la misma noche y después se tiró por la ventana, pobre hombre, pobre basura, pedazo de mierda, se suicidó y ahí se acerca, con los ojos fuera de sus órbitas. Van, pues, todos ellos que son uno, y se presentan a la salida del laboratorio donde Gregorio experimenta con ratas que no apestan más que él.

Un cuchillazo, dos cuchillazos. Gregorio no los siente, ni siquiera nota cosquillas. Pasarán años hasta que los perciba. Estará paseando tranquilamente por su jardín, el día de su jubilación, cuando sienta el filo de la navaja atravesándole el vientre. Y morirá desangrado, sí, y habrá sido un asesinato a destiempo, ajá. Pero Peggy Lu ya estará lejos. Habrá vuelto, de este mundo o de aquel, y habrá vuelto para huir.

Peggy Lu es una fugitiva de la justicia. Pero no le importa. El hombre le da asco, y la justicia, como creación humana, le parece del mismo modo detestable. Se odia tanto a sí misma, a pesar de su envidiada barba femenina, porque ella es todas las mujeres, y también todos los hombres y todas las gallinas, y todos los hamsters, y todos los paraguas del mundo, hebillas rotas o no. Ella sobrevivirá al ser humano, sobrevivirá a la justicia. Se llamará Peggy, o Nancy, o Rosario, o puede que se llame Universo. Sr. Universo o Sra. Universo. Ya decidirá, aún le quedan millones de años para eso, pero se teme, y en esto he de apoyarla, que para entonces la diferencia no importe. Sólo quedará ella en el mundo, y toda esa repugnancia que siente por la vida se concentrará en ella, sólo en ella, y habrá una explosión, una tremenda, un estallido de asco y grima, y el mundo, la vida, la realidad, renacerá, se rehará, pero se rehará desde ese asco, desde esa grima.

Tú, como yo, como todos, eres hijo de tu tiempo, eres hijo de Peggy Lu.

El día y La noche















“El amor entra por la ventana y el olvido sale por la puerta”.



La noche había caído sobre la ciudad, las calles desiertas susurraban secretos en cada esquina, los borrachos se apoyaban sobre las farolas intentando en un esfuerzo desesperado mantener el último destello de su vida.
No muy lejos de ahí, una ventana abierta, una luz encendida, como en un mundo paralelo, dos amantes se cobijan bajo la manta roja, ignorando al mundo, cegados ante su propia luz.
El calor de sus ojos, el ardor de su sexo.
-¿Me amas?- pregunta el joven.
- Claro cariño.

.............................................................................................................................................


La puerta se cerró de un portazo, produciendo un enorme estruendo, que entró por mis oídos pero se coló en mi corazón, que se disparó en un nervioso combate por mantener los latidos regulares.
Ni un último beso, ni un último abrazo y lo que es peor ni una sola mirada en la que evocar tiempos pasados, en los que nuestro amor se desparramaba como desbocados mares y descargaba su pasión en cada rincón que nuestras manos rozaban.
Aún recuerdo tus susurros obsequiándome con palabras de eternidad.
¡Que hermosa te recuerdo vestida de sueños!
Y ahora al despertar no encuentro más que pedazos rotos del pasado escondidos tras las puertas del destino. Soledad me abraza con sus doloras manos y grandes lágrimas se deslizan humedeciendo mi rostro con el calor de la desesperación.

“La honestidad no es una virtud, es una obligación”.

martes, 11 de diciembre de 2007

Minerva atómica



La señora Minerva se despertó lentamente, tendida en el suelo como estaba, con los brazos abiertos al falso techo de la habitación, la mirada todavía cruzada por la confusión, y una pierna seductoramente flexionada sobre la otra. Ambas terminaban en dos pies descalzos, cuyos talones manchados de café molido eran la continuación de unos tobillos aún hinchados por correr. Y a la superficie general de la piel (hasta las rodillas) se le había acoplado una piel de apariencia más barnizada o melosa, que le daba a sus piernas el carácter de dos prótesis más que dignas.

Sobre sus rodillas se abría la tela de una falda que envuelve mis caderas. Permanezco con la blusa entreabierta bajo el falso techo. Adolezco de una indomable corriente que inmoviliza y carcome la salud de mis piernas. Las paraliza y se las adueña, y no puedo controlarla. Hace un momento las sentía pesadas y parecía que se volvían áureas. Ahora, la piel se agrieta, y de los surcos asoman destellos, te dan la espalda y son escamas de pez. Creías que iba a acabar, que todo terminaría siendo un mal sueño. Adelante, súbete la falda, ¿te gustan tus nuevos muslos de besugo? ¡adiós a la cera, nena, no más depilación! Verás qué sorpresa te llevas cuando descubras la unión en la bifurcación del tronco. ¡Jajajaja! Tu oscuro manantial ha sido cubierto por rocas, cosido y tapado por una piel de animal marino…

Minerva ya no es ella misma. Ahora da lástima, no me gusta nada su actitud. Un tren de cremallera ha bajado desde su rosado párpado hasta sus pulgares. Ella misma enseguida se ha dado cuenta de lo sirena que era: la falda se ha partido sin poder con el volumen de su enérgica aleta, en un grito de furia ha desgarrado su propia blusa descubriendo los dos senos de sirena, y sus cabellos han seguido descendiendo onduladamente, deslizándose sobre hombros y omoplatos, hasta tocarme. Acto seguido la sirena se ha alzado sobre sus dos brazos como si fueran muletas, el vientre rígido y plano, los ojos se le han vuelto de plata y ha sonreído hasta dejar los colmillos al descubierto -una sonrisa de sufrimiento-. Sus pezones son de color rosa y miran fijamente, entre mechones de pelo dorado, el falso techo bajo el cual se balancean nuevamente sus senos, cada vez que recibo el siguiente aletazo.

Minerva tiene una aleta de acero, y con ella hace que mis tablas se dividan en unas doscientas astillas más por cada nuevo hachazo. Con ello Minerva consigue multiplicar mis perspectivas de la escena, sometiéndome a una rigurosa dieta de detalles. Me está destinando a comprender lo que es la cebolla sin sus capas, o lo que es la rosa sin sus pétalos. ¿Qué es la tabla sin sus astillas? ¿Una multitud de perspectivas simultáneas? A medida que voy desapareciendo, también comprendo mejor el placer y el dolor de Minerva. Me puedo sentir más próximo a ella, por cada aletazo que me propina. Más cerca de ella; más dentro de Minerva.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Mousse da chocolatte




"Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos"
William Blake




Pistola es herramienta e instrumento, hierro moldeado; aleaciones de acero recubren resortes importantes para el uso certero del arte del tirador. Recorriendo el pelo de la primera náufraga se interna un solo deseo de acabar con la soledad de más de siete meses sin señales de civilización. Sazonada está la cabeza de la segunda náufraga, se declara a si misma perturbada, justificando que su cordura solo busque el suicidio inmediato. Han acordado intentar matarse. La isla que son, se ríe de ellas, su suerte es el motivo del chiste. Una pistola naufragó también al paraíso. Contiene una sola bala y no saben si funciona, que el agua la haya arrastrado sin dañarla, suspiran. Han pasado siete meses y las dos mujeres de edad indefinida se han adaptado a la isla, saben que frutos tomar, cómo cazar y están aprendiendo a cultivar. No logran apartar la idea de dejar la isla con esa bala. El problema reside en la posición que deben tomar para recibir el disparo. Durante algún tiempo discutieron sobre juntar sus cabezas en diversas posiciones pero siempre alguna discrepaba por pura geometría. Hoy han acordado matarse. No vacilan, saltan a la boca de la costa, el acantilado les mira asombrado cuando cortando el aire sus cuerpos se precipitan contra la fiera agua que ríe comiéndose cada risco, esperando el crujir de los huesos. Pero no es ése el motivo de la risotada del agua. Las mujeres caen juntas porque lo han decidido. La pistola la sujetan las manos de ambas y se halla sobre sus pechos. Se han atado una frente a la otra con fuertes lianas y cuerdas de selva. Frente a frente, manos entrelazadas, sujetan la pistola también atada. Apuntando a sus barbillas. En el momento del salto deciden besarse con objeto de que la bala les atraviese mortalmente. Si algo sale mal los riscos harán el trabajo del arma.

A propósito de la musaraña


El por qué de esta entrada responde al impacto que me ha causado un inocente corte en un zapping mañanero. En unas espeluznantes imágenes, ejemplo de la capacidad esclarecedora de la naturaleza, se mostraba parte del proceso reproductor de la musaraña. El inédito hecho que me sorprendió es cómo afronta la musaraña hembra el postcoito; la verdad es que no pude constatarlo debido al reducido tamaño del rostro del animal pero juraría que el pequeño mamífero (hablo de ella) esbozaba una mueca de superioridad natural irrefutable.

Resulta que estos bichos gustan de arrastrar a su compañero sexual por el entorno en el que se encuentran; para ello, se aprovechan del curioso, y mal calculado, funcionamiento del pene del macho. Sumido en el desasosiego propio de ser zarandeado de aquí para allá por una hembra indiferente que se aprovecha de los fallos innatos de su pobre falo, al débil macho no le queda más que soportar los caprichos de la musaraña hasta el dichoso momento en que consiga liberar su aprisionado órgano reproductor. Todo ello es ilustrado con un bonito vídeo en el que podemos observar desde media distancia el proceso, lástima no haber logrado encontrar tal testimonio, perseveraré en mi búsqueda, quizá los hados me sean favorables.

Huelga decir que hay mucho que hablar sobre el postcoito y sus vicisitudes, pero no pretendo ir más allá de compartir este nuevo conocimiento con vosotros, servido por unos pequeños seres ajenos a los tejemanejes sociales. Queda aquí patente que algunas especies hace tiempo que dirimieron su guerra de sexos y ha quedado bien claro quien manda.

Si bien, a nivel global, puede decirse que los humanos estamos en plena campaña, seguro que algunos hay que creen hallarse en el camino hacia lo que, sin pretender el símil exacto, podríamos llamar (bajo una perspectiva fisiológica) "devenir en musaraña".


PD: espero que aquellos (que no aquellas) que estéis deviniendo encontréis la forma de no perder la dignidad, el "musaraño" hace generaciones que no la conoce.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Risueña espiral astral




A dedos e incoherentemente, sin batería y sin posibilidad de encontrar un enchufe desperté sin haber estado dormido, de una siesta de sueño negligente. Había visto a mi profesora de segundo grado convertida en una virgen hermafrodita meciéndose sobre las copas de unos sauces; mi respiración aún no se había tranquilizado. Al principio presa del miedo traté de huir de ese lugar pero las hojas del sauce me aprisionaron y me empujaron a los pies de mi profesora que calzaba unas babuchas moradas con esmeraldas verdes incrustadas. Volví a despertar, esta vez no eran esmeraldas los atuendos que portaban los pies de mi profesora, eran mis nalgas y cada una cortada a su vez en dos para atender como un lujo cada lado de cada zapato . A continuación sólo quedaba que ella juntase sus dos pies; nada más hacerlo mi cuerpo se recompuso como un animal agachado sujetando el peso de mi querida profesora erguida sobre mi lindo trasero. Alcé la mirada, y observé su cara por primera vez desde que empezó la escena; sus facciones eran duras y me ofrecía una sonrisa despreocupada, casual, pero sus ojos no engañaban; me pedía perdón. La gente contiene altas dosis de hormonas, feromonas y neuronas; en realidad somos eso y creo que tanto su olor, mi deseo y su inteligencia silbaban donde no puede llegar pájaro alguno. Estaba aterrado ante la idea de escucharla, y podía sentir cómo sería borrado si escuchaba un perdón de sus labios. Al instante, contemplé la posibilidad de convertirme en diente de ajo o cola de pescado que ella englutiese renaciendo después en horrible aliento que ahuyentara a sus pretendientes mas distinguidos. Porque no es de otro sino mía; mías son sus pestañas y también sus pómulos, y cuando ahora saca el paquete de cigarrillos del bolso y enciende uno, yo soy humo denso que brota de sus pulmones. Descubro entonces la capacidad de moverme; contemplo colores de frescos que me rodean, son señores bajos, no los había visto hasta entonces, pero ella sí; ella está riendo. De pronto mis sentidos se vuelven más vivaces, puedo sentirme cual si fuera lengua de tortuga, y mi mirada es como un roedor que se cuela por su entrepierna. Su falda se presenta como un obstáculo fácil de sortear; avanza mi mano como hechizada, hipnotizada por la voz de las cuevas que le invitan a uno a entrar, pase y vea, mire nuestras instalaciones, recién restaurado, ya ves, siéntese junto a la chimenea y pruebe nuestros licores del placer, puede pagar con VISA o Mastercard, como usted quiera, como usted guste; simplemente siéntese y observe. Desfiladeros, desfiladeros de chocolate aderezado con bacalao que me lleva a la excitación; puedo sentir que estoy a punto de correrme. Ahora, desde la oscuridad de mi bragueta, asoma el ojo de un ciprés que se estira y vuela hasta los cielos llevándose por delante a mi querida mientras sus gritos condenan la acción mortal de mi erección astral.

Fin.