Un vagabundo es lo que yo quiero ser. Un auténtico vagabundo, atrapando el final de todas las carreteras. Un hombre sin rumbo, sin fecha de salida ni llegada. Aquel que no sabe qué es lo que le deparará el destino para la noche siguiente, únicamente porque no le preocupa. Sin planes de volver a casa porque jamás tuvo un hogar. Ese hombre cuya mujer es aquella que cada noche conoce y a la mañana siguiente abandona. Como un marinero que no sabe qué suerte le traerá el mar. Como un tigre, fiero depredador de las enseñanzas que la vida le pueda mostrar. Como un dios, para que nadie, sino el mismo, le pueda mandar.
viernes, 15 de febrero de 2008
jueves, 14 de febrero de 2008
Happy people, happy weather.

Venga va. Camina. Échate a la calle. Aunque a veces te cueste andar normal, como el resto de la gente. Aunque subas la pierna más de lo debido, como si estuvieras subiendo escaleras. Aunque la gente te grite y te maldiga mientras lo haces, tú camina chico.
Porque te lo mereces, porque quién se creen que eres si tú lo sabes perfectamente.
¿Qué conseguirán? Una simple suposición de todo esto. Se te imaginarán. Intentarán percibirte. Incluso llegarán a convencerse ellos mismos de que están en lo cierto, pero la verdad es que venderían su polla al diablo por que esa suposición tuviera algo de cierta. Que te dispensen, que te perdonen y disculpen porque alguna vez hallas hablado mal de ella, pero aún así, tú nunca se la venderías.
Vale, quizá durante el día seas un pasajero, pero por lo menos sales a estirar las piernas en las paradas. ¿Y de noche? De noche todo cambia, de noche ya no eres pasajero, sino viajero. Y que te pidan el billete si tienen cojones.
Pero bájate ahora un poco lo humos macarra, ¿qué es lo que quieres matarlos a todos a balazos? No te lo sugiero, y no me disgusta la idea, pero sabemos que estaría mal, además ambos estamos al tanto de que en las celdas no se puede caminar.
Porque te lo mereces, porque quién se creen que eres si tú lo sabes perfectamente.
¿Qué conseguirán? Una simple suposición de todo esto. Se te imaginarán. Intentarán percibirte. Incluso llegarán a convencerse ellos mismos de que están en lo cierto, pero la verdad es que venderían su polla al diablo por que esa suposición tuviera algo de cierta. Que te dispensen, que te perdonen y disculpen porque alguna vez hallas hablado mal de ella, pero aún así, tú nunca se la venderías.
Vale, quizá durante el día seas un pasajero, pero por lo menos sales a estirar las piernas en las paradas. ¿Y de noche? De noche todo cambia, de noche ya no eres pasajero, sino viajero. Y que te pidan el billete si tienen cojones.
Pero bájate ahora un poco lo humos macarra, ¿qué es lo que quieres matarlos a todos a balazos? No te lo sugiero, y no me disgusta la idea, pero sabemos que estaría mal, además ambos estamos al tanto de que en las celdas no se puede caminar.
lunes, 11 de febrero de 2008
Mujeres Monstruos
El segundo caso aspira a encontrar un momento, en el que tenga lugar un forzado encuentro sexual, donde las babas de su amante forjen zarzas de oxido deseosas de arraigar entre sus piernas. Casi podrá anotar una imagen mental del proceso evolutivo que sufrirá su coño al reventar. Opondrá agonía, intentará huir su conejo, prolongando su anhelo de tibia agua de muerte, antes de ser arrollado y apaleado por un mastín sin domesticar, nacido únicamente para fogar sin el preludio si quiera de la higiene.
Será un hecho reiterado que envilecerá aun más el sombrío y agrio carácter de una mujer que nunca podrá entender otras formas que un trato prefabricado de lo más limonero del mundo que se deleita ante su esperpéntica figura.
El primer caso aspira a encontrar una coyuntura que se asemeje al segundo caso. No le importa el maltrato; lo envidia al tratarse éste de una forma de contacto. Su futuro hace largos en la laguna del desconcierto.
No puedes ver a las dos muy juntas pero jamás han sentido tanta compañía. Han pensado ser una. Ver lo mismo, no para fortificarse, ya son rudas. Las han golpeado tanto que es el azufre lo que emana de sus glándulas salivales.
No desean unirse para amar a alguien, tampoco para matar, se trata de un mero salto de rutina. Un acto de hallar contacto con el mundo que tan ajeno ve a estas mujeres monstruo.
sábado, 9 de febrero de 2008
El Rincón del músico inspirado (introducción). capítulo 1: El comienzo del camino.
Bienvenidos a la morada de la música que no cesa...descalzad vuestros agotados pies y liberaos de vuestras rutinarias vestimentas,para sumergiros en la paz del universo paralelo de la inspiración.Que sea este un rincón, donde solo prevalezcan los auténticos valores que rigen este mundo..y si esos valores están podridos o son inexistentes en el corazón de un ser humano, entonces se disolverá la tinta con la que se escribe el destino del alma, y se apagará la llama, que el espíritu dormido anhela al despertar, de la luz de la esperanza.
Día 01/02/2008
Se oyen los pasos chirriantes de alguien inquieto que al parecer a despertado de un largo sueño y a caído en la cuenta, de que no ha hecho otra cosa al margen de perder el tiempo.
La presión sobre su pecho es latente, y se expande por su mente el agobio de su pasividad.
¿Se habrá acordado de que está enfermo?...
¿Se habrá acordado de lo que posee y no utiliza, y de lo que podría conseguir con tan solo luchar por utilizar lo que posee?..
Innata puede ser la virtud, pero de la mano va con el defecto pues en este mundo el equilibrio es siempre perfecto. Se siguen oyendo pasos, y aunque nerviosos, van ganando progresiva decisión.
Un estruendo rasga la impotencia y la duda, y a pesar de que algo queda y perdura, se aclara la visión y se despeja la niebla que impedía continuar.
Aparentemente todo queda en orden menos el desván de los recuerdos y es cuando se decide dibujar una línea en el suelo, con el dedo, y cruzarla;atrás el pasado y delante el futuro inesperado.
El artista es el domador de las sensaciones y trovador de sentimientos. Enfermo de vida, muere lentamente al paso de los días, observando el mundo que sucede y se crea a su alrededor,sin más conocimiento que el de respirar para no ahogarse;conmocionado expresa lo que inunda su desconcierto y lo que le inspira el mayor temor y la mayor sensación de afecto, sin mayor reconocimiento que el simple recuerdo tras el paso del tiempo.
¿Donde parará su cuerpo guiado por sus pasos?
¿Donde parará su mente guiada por impulsos compartidos entre las dos caras que envuelven la maquinaria del hombre?
Vejado por la inseguridad de la ignorancia y Encorajado por sus ansias de cambiar su cosmos y compartirlo con las demás piezas del universo, se lanza a recorrer los sinuosos caminos de su historia, narrada en cada momento por su misterioso destino.
Ya solo queda echar la llave, tras cerrar la puerta.
Este es el comienzo del camino...
Día 01/02/2008
CAPITULO 1
Se oyen los pasos chirriantes de alguien inquieto que al parecer a despertado de un largo sueño y a caído en la cuenta, de que no ha hecho otra cosa al margen de perder el tiempo.
La presión sobre su pecho es latente, y se expande por su mente el agobio de su pasividad.
¿Se habrá acordado de que está enfermo?...
¿Se habrá acordado de lo que posee y no utiliza, y de lo que podría conseguir con tan solo luchar por utilizar lo que posee?..
Innata puede ser la virtud, pero de la mano va con el defecto pues en este mundo el equilibrio es siempre perfecto. Se siguen oyendo pasos, y aunque nerviosos, van ganando progresiva decisión.
Un estruendo rasga la impotencia y la duda, y a pesar de que algo queda y perdura, se aclara la visión y se despeja la niebla que impedía continuar.
Aparentemente todo queda en orden menos el desván de los recuerdos y es cuando se decide dibujar una línea en el suelo, con el dedo, y cruzarla;atrás el pasado y delante el futuro inesperado.
El artista es el domador de las sensaciones y trovador de sentimientos. Enfermo de vida, muere lentamente al paso de los días, observando el mundo que sucede y se crea a su alrededor,sin más conocimiento que el de respirar para no ahogarse;conmocionado expresa lo que inunda su desconcierto y lo que le inspira el mayor temor y la mayor sensación de afecto, sin mayor reconocimiento que el simple recuerdo tras el paso del tiempo.
¿Donde parará su cuerpo guiado por sus pasos?
¿Donde parará su mente guiada por impulsos compartidos entre las dos caras que envuelven la maquinaria del hombre?
Vejado por la inseguridad de la ignorancia y Encorajado por sus ansias de cambiar su cosmos y compartirlo con las demás piezas del universo, se lanza a recorrer los sinuosos caminos de su historia, narrada en cada momento por su misterioso destino.
Ya solo queda echar la llave, tras cerrar la puerta.
Este es el comienzo del camino...
J.M.
abierto hasta las 6:30
Verdaderamente atareado con mis pensamientos me encontraba yo una tarde. Había llegado a un punto que un centenar de preguntas sin respuesta eran pocas preguntas sin respuesta. Y lo peor, ni siquiera el destino me respondería a muchas de ellas. Por suerte, si se puede llamar suerte, algunas de ellas si que podrían resolverse de alguna manera.
Pero yo mismo sabía que aquellas soluciones llegarían en bloques, divididas dentro de familias de respuesta, federaciones de soluciones que o bien me volverían loco y me trastornarían de tal forma que sería inútil cualquier intento de reinserción, o me darían con la solución final, la que yo andaba buscando tan desesperadamente y que me hacía no pensar, ni si quiera en los coño-refrescos.
Verdaderamente preocupado al llegar a este punto decidí no preocuparme más, y salir a la calle a dar un par de vueltas a diferentes manzanas que solía recorrer cuando necesitaba andar. Encendí un cigarrillo y me pare frente a una tienda, en la que una mulata doblaba pantalones tejanos. Era auténticamente genuina, como los cigarrillos winston. Era guapa. Muy guapa. Tanto que decidí entrar a hablar con ella, pero justo cuando me dirigía hacia la puerta apareció una montaña de deltoides que detuvieron mi paso y mis pensamientos de mantener una relación sexual con aquella señorita. Aquella montaña resultó ser otro dependiente, masculino. Me di cuenta de que si entraba, al ser la estancia de la tienda tan sumamente pequeña, aquel gilipollas de los deltoides de leñador que trabajaba junto a mi afroamazona no me dejaría margen de maniobra. Así que recogí el cigarrillo del suelo pues lo había tirado al decidirme a entrar, y seguí con mi camino. Di la vuelta completa, y decidí volver a pasar, cuando estaba apunto de asomarme otra vez al escaparate como si fuera un posible comprador indeciso que a tenido que volver a mirar el jersey que no sabía si le gustaba o no, se abrió la puerta y salió mi Cindirella negra con un cigarro en la boca, tantas ganas tenía de fumarse un pitillo que salió con este encendido y tan veloz que chocamos. Cuando la miré atisbé un gesto de preocupación en su cara. Observé y me percaté del agujero que el cigarro había dibujado en mi pecho, mientras ella pedía perdón desesperadamente y me preguntaba cómo podría pagármelo. Yo le contesté que a qué hora salía de trabajar, mientras el otro dependiente me miraba desde dentro. Agradecía no estar dentro de aquella tienda y no tener que respirar el mismo aire que ese energúmeno. Ella me sonrió y me dijo que a las nueve. Sonreí yo también y dije que ahí estaría. Me di la vuelta y me largue de ahí dispuesto a volver pasado un tiempo. A las nueve.
Volví a casa, me fume un cigarrillo de hachís y tome unas palomitas de maíz mientras escuchaba al bueno de Johnny Cash cantar sobre asesinatos y cocaína.
Salí de casa pensando donde llevaría a black magic woman cuando la recogiera. Y, mientras cruzaba un paso de cebra, sin saber muy bien por qué, escuche mi vida pasar por mis oídos como en una canción de blues, con sus solos bluseros y voces de negros americanos. Un camión se me llevó por delante esparciendo mi sesera por toda la calle. La calle de mi muerte.
Ahora soy un ente que flota por el espacio, pululando por la galaxia y conozco todas esas antiguas respuestas a esas antiguas preguntas que me hacía cuando aún vivía, y ahora que tengo lo que toda la humanidad a estado buscando durante toda su historia, ahora que entiendo y sé todo, la verdad, el por qué, el cómo y el cuándo. El qué y el quién. El Si, el No, el blanco y el negro, el dolor, el amor, el placer y la risa. Preferiría volver a ser ese chico que fumaba cigarrillos de hachís, mientras tocaba la guitarra, tomaba palomitas de maíz, se atormentaba con preguntas sin respuesta y se enamoraba del ebano.
Pero yo mismo sabía que aquellas soluciones llegarían en bloques, divididas dentro de familias de respuesta, federaciones de soluciones que o bien me volverían loco y me trastornarían de tal forma que sería inútil cualquier intento de reinserción, o me darían con la solución final, la que yo andaba buscando tan desesperadamente y que me hacía no pensar, ni si quiera en los coño-refrescos.
Verdaderamente preocupado al llegar a este punto decidí no preocuparme más, y salir a la calle a dar un par de vueltas a diferentes manzanas que solía recorrer cuando necesitaba andar. Encendí un cigarrillo y me pare frente a una tienda, en la que una mulata doblaba pantalones tejanos. Era auténticamente genuina, como los cigarrillos winston. Era guapa. Muy guapa. Tanto que decidí entrar a hablar con ella, pero justo cuando me dirigía hacia la puerta apareció una montaña de deltoides que detuvieron mi paso y mis pensamientos de mantener una relación sexual con aquella señorita. Aquella montaña resultó ser otro dependiente, masculino. Me di cuenta de que si entraba, al ser la estancia de la tienda tan sumamente pequeña, aquel gilipollas de los deltoides de leñador que trabajaba junto a mi afroamazona no me dejaría margen de maniobra. Así que recogí el cigarrillo del suelo pues lo había tirado al decidirme a entrar, y seguí con mi camino. Di la vuelta completa, y decidí volver a pasar, cuando estaba apunto de asomarme otra vez al escaparate como si fuera un posible comprador indeciso que a tenido que volver a mirar el jersey que no sabía si le gustaba o no, se abrió la puerta y salió mi Cindirella negra con un cigarro en la boca, tantas ganas tenía de fumarse un pitillo que salió con este encendido y tan veloz que chocamos. Cuando la miré atisbé un gesto de preocupación en su cara. Observé y me percaté del agujero que el cigarro había dibujado en mi pecho, mientras ella pedía perdón desesperadamente y me preguntaba cómo podría pagármelo. Yo le contesté que a qué hora salía de trabajar, mientras el otro dependiente me miraba desde dentro. Agradecía no estar dentro de aquella tienda y no tener que respirar el mismo aire que ese energúmeno. Ella me sonrió y me dijo que a las nueve. Sonreí yo también y dije que ahí estaría. Me di la vuelta y me largue de ahí dispuesto a volver pasado un tiempo. A las nueve.
Volví a casa, me fume un cigarrillo de hachís y tome unas palomitas de maíz mientras escuchaba al bueno de Johnny Cash cantar sobre asesinatos y cocaína.
Salí de casa pensando donde llevaría a black magic woman cuando la recogiera. Y, mientras cruzaba un paso de cebra, sin saber muy bien por qué, escuche mi vida pasar por mis oídos como en una canción de blues, con sus solos bluseros y voces de negros americanos. Un camión se me llevó por delante esparciendo mi sesera por toda la calle. La calle de mi muerte.
Ahora soy un ente que flota por el espacio, pululando por la galaxia y conozco todas esas antiguas respuestas a esas antiguas preguntas que me hacía cuando aún vivía, y ahora que tengo lo que toda la humanidad a estado buscando durante toda su historia, ahora que entiendo y sé todo, la verdad, el por qué, el cómo y el cuándo. El qué y el quién. El Si, el No, el blanco y el negro, el dolor, el amor, el placer y la risa. Preferiría volver a ser ese chico que fumaba cigarrillos de hachís, mientras tocaba la guitarra, tomaba palomitas de maíz, se atormentaba con preguntas sin respuesta y se enamoraba del ebano.
viernes, 1 de febrero de 2008
Alerta. Fuego.

Me dispongo a relatar una serie de hechos que acaecieron en mi vida allá por la época estudiantil, todavía en el colegio el sol cascaba duro por aquellos días y en las aulas todo era igual, de esos hornos humeantes me acuerdo mucho últimamente y del misterioso prodigio del horario y sus asignaturas, los cuales nos envolvían en una magna rutina cuasi fantasmagórica.
Algo se produjo en la mente de los profesores que los volvió cada vez más y más callados, en ocasiones sumidos en un aparente letargo o profundamente abstraídos. Cuando retrocedían en su ensimismamiento por haberte insertado en su aura, ellos siempre contestaban de manera vaga y confusa, luego se giraban a copiar la lección en la pizarra y se desplomaban en la butaca como animales de cera que necesitaran absorber la luz proveniente de las ventanas. El polvo de tiza que flotaba a la altura de los hombros les otorgaba la apariencia de seres divinos descendientes del Olimpo a alumbrarnos con su presencia, pero bastaba con acercarte a sus departamentos para lamentar con la mente surcada de sangre el irrefutable error de haber girado de una vez el pomo que abre la puerta. Es indescriptible la sensación de terror al ver al menos una decena de compañeros descosidos de arriba abajo, amasijos de órganos y despojos en la fría losa, y unas figuras sombrías y visiblemente trastornadas en las que apenas podía adivinarse rasgo alguno que perteneciera a nuestros antiguos profesores. Demasiado tarde, como siempre, para cuando pudimos reaccionar los carroñeros ya se abalanzaban virulentos contra nosotros abriendo sus fauces rebosantes de espuma.
Lo siguiente que recuerdo es ya el día acordado para nuestra ejecución. Un larguísimo viaje a través de senderos y desiertos hasta deshilacharnos en una región que siempre estaría más allá, un paisaje árido que es solamente comparable a algo así como el vientre de la muerte. Nos distribuimos por grupos de veinte bajo un sol palpitante que ciega hasta los pensamientos, delante de cada grupo un profesor sujeta con una mano la lista de los condenados y con la otra señala en el suelo una red de barrotes semejante a una parrilla para animales, en la cual sólo asoma todavía una tímida llama. Antes de que nos diéramos cuenta el responsable que se hacía cargo de nuestro grupo ya había pronunciado el nombre de María Belardi, la primera en la lista resultó ser una de las gachís mejor dotadas en lo que a la figura se refiere; había tenido un desarrollo prematuro de sus encantos, que con el tiempo llegaron a ser fascinantes atracciones para la imaginación y los pasatiempos solitarios, también eran pasadizos en los que nos escurríamos decididos a huir del hastío de los hornos humeantes. La chica caminó serenamente hasta el centro del área tejida de rejas, en ese momento la llama acogió su falda entera (alcancé a sentir en mis manos el fuego que azotaba las suyas transformándolas en dos muñones de puro dolor, pero en su cara no cambió nada excepto, quizás, un leve pestañeo) y rápidamente el fuego se enfureció hasta arriba engullendo su preciosa cara, quemándole la cabellera en un santiamén y arrancándole toda la piel a tiras hasta mostrar una calavera negra y dolorida. Entonces el horizonte se difuminó mostrándome a lo lejos el infinito circundante, y comprendí que de alguna manera, y a pesar de lo inconcebible del asunto, mis compañeros y todo el resto de los alumnos tendían de manera natural a acatar las órdenes de los maestros, por más que sus vidas estuvieran en juego. Sufrirían las consecuencias de aquel tejemaneje asumiendo su fatal destino. Mientras tanto, en su expresión seguiría manteniéndose ese gesto de cordura ilusoria, incluso en el empeño de la agonía. Uno tras otro fueron quemándose y extinguiéndose los adolescentes y los que aún no lo eran, hasta que llegó mi hora en que pisé las llamas con mis suelas de goma y miré verticalmente al sol, reconociendo en él la lámpara que me esperaba encendida en el fondo del techo cuando de un sueño soñado en los delirios de una fuerte fiebre, retorné a las sábanas de sudor y desgarro. Dos años más tarde me propuse describirlo, siempre y cuando fuera antecedido por un argumento ficticio que apagara la voz del sueño, y que le aportara esa categoría ontológica que sin duda tuvo para mí mientras lo soñaba.
Algo se produjo en la mente de los profesores que los volvió cada vez más y más callados, en ocasiones sumidos en un aparente letargo o profundamente abstraídos. Cuando retrocedían en su ensimismamiento por haberte insertado en su aura, ellos siempre contestaban de manera vaga y confusa, luego se giraban a copiar la lección en la pizarra y se desplomaban en la butaca como animales de cera que necesitaran absorber la luz proveniente de las ventanas. El polvo de tiza que flotaba a la altura de los hombros les otorgaba la apariencia de seres divinos descendientes del Olimpo a alumbrarnos con su presencia, pero bastaba con acercarte a sus departamentos para lamentar con la mente surcada de sangre el irrefutable error de haber girado de una vez el pomo que abre la puerta. Es indescriptible la sensación de terror al ver al menos una decena de compañeros descosidos de arriba abajo, amasijos de órganos y despojos en la fría losa, y unas figuras sombrías y visiblemente trastornadas en las que apenas podía adivinarse rasgo alguno que perteneciera a nuestros antiguos profesores. Demasiado tarde, como siempre, para cuando pudimos reaccionar los carroñeros ya se abalanzaban virulentos contra nosotros abriendo sus fauces rebosantes de espuma.
Lo siguiente que recuerdo es ya el día acordado para nuestra ejecución. Un larguísimo viaje a través de senderos y desiertos hasta deshilacharnos en una región que siempre estaría más allá, un paisaje árido que es solamente comparable a algo así como el vientre de la muerte. Nos distribuimos por grupos de veinte bajo un sol palpitante que ciega hasta los pensamientos, delante de cada grupo un profesor sujeta con una mano la lista de los condenados y con la otra señala en el suelo una red de barrotes semejante a una parrilla para animales, en la cual sólo asoma todavía una tímida llama. Antes de que nos diéramos cuenta el responsable que se hacía cargo de nuestro grupo ya había pronunciado el nombre de María Belardi, la primera en la lista resultó ser una de las gachís mejor dotadas en lo que a la figura se refiere; había tenido un desarrollo prematuro de sus encantos, que con el tiempo llegaron a ser fascinantes atracciones para la imaginación y los pasatiempos solitarios, también eran pasadizos en los que nos escurríamos decididos a huir del hastío de los hornos humeantes. La chica caminó serenamente hasta el centro del área tejida de rejas, en ese momento la llama acogió su falda entera (alcancé a sentir en mis manos el fuego que azotaba las suyas transformándolas en dos muñones de puro dolor, pero en su cara no cambió nada excepto, quizás, un leve pestañeo) y rápidamente el fuego se enfureció hasta arriba engullendo su preciosa cara, quemándole la cabellera en un santiamén y arrancándole toda la piel a tiras hasta mostrar una calavera negra y dolorida. Entonces el horizonte se difuminó mostrándome a lo lejos el infinito circundante, y comprendí que de alguna manera, y a pesar de lo inconcebible del asunto, mis compañeros y todo el resto de los alumnos tendían de manera natural a acatar las órdenes de los maestros, por más que sus vidas estuvieran en juego. Sufrirían las consecuencias de aquel tejemaneje asumiendo su fatal destino. Mientras tanto, en su expresión seguiría manteniéndose ese gesto de cordura ilusoria, incluso en el empeño de la agonía. Uno tras otro fueron quemándose y extinguiéndose los adolescentes y los que aún no lo eran, hasta que llegó mi hora en que pisé las llamas con mis suelas de goma y miré verticalmente al sol, reconociendo en él la lámpara que me esperaba encendida en el fondo del techo cuando de un sueño soñado en los delirios de una fuerte fiebre, retorné a las sábanas de sudor y desgarro. Dos años más tarde me propuse describirlo, siempre y cuando fuera antecedido por un argumento ficticio que apagara la voz del sueño, y que le aportara esa categoría ontológica que sin duda tuvo para mí mientras lo soñaba.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)