sábado, 9 de febrero de 2008

abierto hasta las 6:30

Verdaderamente atareado con mis pensamientos me encontraba yo una tarde. Había llegado a un punto que un centenar de preguntas sin respuesta eran pocas preguntas sin respuesta. Y lo peor, ni siquiera el destino me respondería a muchas de ellas. Por suerte, si se puede llamar suerte, algunas de ellas si que podrían resolverse de alguna manera.
Pero yo mismo sabía que aquellas soluciones llegarían en bloques, divididas dentro de familias de respuesta, federaciones de soluciones que o bien me volverían loco y me trastornarían de tal forma que sería inútil cualquier intento de reinserción, o me darían con la solución final, la que yo andaba buscando tan desesperadamente y que me hacía no pensar, ni si quiera en los coño-refrescos.
Verdaderamente preocupado al llegar a este punto decidí no preocuparme más, y salir a la calle a dar un par de vueltas a diferentes manzanas que solía recorrer cuando necesitaba andar. Encendí un cigarrillo y me pare frente a una tienda, en la que una mulata doblaba pantalones tejanos. Era auténticamente genuina, como los cigarrillos winston. Era guapa. Muy guapa. Tanto que decidí entrar a hablar con ella, pero justo cuando me dirigía hacia la puerta apareció una montaña de deltoides que detuvieron mi paso y mis pensamientos de mantener una relación sexual con aquella señorita. Aquella montaña resultó ser otro dependiente, masculino. Me di cuenta de que si entraba, al ser la estancia de la tienda tan sumamente pequeña, aquel gilipollas de los deltoides de leñador que trabajaba junto a mi afroamazona no me dejaría margen de maniobra. Así que recogí el cigarrillo del suelo pues lo había tirado al decidirme a entrar, y seguí con mi camino. Di la vuelta completa, y decidí volver a pasar, cuando estaba apunto de asomarme otra vez al escaparate como si fuera un posible comprador indeciso que a tenido que volver a mirar el jersey que no sabía si le gustaba o no, se abrió la puerta y salió mi Cindirella negra con un cigarro en la boca, tantas ganas tenía de fumarse un pitillo que salió con este encendido y tan veloz que chocamos. Cuando la miré atisbé un gesto de preocupación en su cara. Observé y me percaté del agujero que el cigarro había dibujado en mi pecho, mientras ella pedía perdón desesperadamente y me preguntaba cómo podría pagármelo. Yo le contesté que a qué hora salía de trabajar, mientras el otro dependiente me miraba desde dentro. Agradecía no estar dentro de aquella tienda y no tener que respirar el mismo aire que ese energúmeno. Ella me sonrió y me dijo que a las nueve. Sonreí yo también y dije que ahí estaría. Me di la vuelta y me largue de ahí dispuesto a volver pasado un tiempo. A las nueve.
Volví a casa, me fume un cigarrillo de hachís y tome unas palomitas de maíz mientras escuchaba al bueno de Johnny Cash cantar sobre asesinatos y cocaína.
Salí de casa pensando donde llevaría a black magic woman cuando la recogiera. Y, mientras cruzaba un paso de cebra, sin saber muy bien por qué, escuche mi vida pasar por mis oídos como en una canción de blues, con sus solos bluseros y voces de negros americanos. Un camión se me llevó por delante esparciendo mi sesera por toda la calle. La calle de mi muerte.

Ahora soy un ente que flota por el espacio, pululando por la galaxia y conozco todas esas antiguas respuestas a esas antiguas preguntas que me hacía cuando aún vivía, y ahora que tengo lo que toda la humanidad a estado buscando durante toda su historia, ahora que entiendo y sé todo, la verdad, el por qué, el cómo y el cuándo. El qué y el quién. El Si, el No, el blanco y el negro, el dolor, el amor, el placer y la risa. Preferiría volver a ser ese chico que fumaba cigarrillos de hachís, mientras tocaba la guitarra, tomaba palomitas de maíz, se atormentaba con preguntas sin respuesta y se enamoraba del ebano.

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