En estas calurosas noches de verano, cuando el cuco del reloj que tengo dentro de mi cabeza despierta en su casita de madera y sale volando directamente hacia mi, justo alcanza a pellizcarme la nariz con su piquito de madera y se deja caer con todo su peso colgante de los muelles que tiran hacia arriba de mis párpados. Entonces miro el reloj, el que es de verdad, el de encima de la mesilla de noche, y cuatro números en rojo marcan las dos cuarenta y cinco de la mañana, cosas de la vejez.
Con mis dedos pulgares empujo poco a poco cada moneda de botón al otro lado de la soga, y los azules discos quedan todos colgando de sus deshilachados cuellitos, agradecidos de veras desde los cuatro agujeros de sus cabezas de platito de café. Luego voy despegando las dos hojas de pijama de piel arrugada que se adhiere a la aún más arrugada. Tomo el albornoz que me abraza y absorbe los últimos restos de sudor frío, que no se había llevado la mudable piel escamosa de la noche.
Entonces salgo al balcón, adonde llega desde la calle como una ligera lluvia ascendente de color anaranjada. Miro y veo un corro de farolas cabizbajas que se dan la mano, y permanecen quietas y cabizbajas guardando un minuto de silencio por tres de las bombillas fundidas la pasada noche. Una de ellas debió de haber sufrido una fuerte fundición porque se la ve ennegrecida, con la carita manchada de hollín, mientras que de otra sólo se sabe que nadie había allí cuando ocurrió, y que por tanto no se sabe nada, otra de las dramáticas consecuencias de que en las facultades de medicina no se les permita matricularse a los llamados vidriosos, que no hay quien les quiera practicar una biopsia con fines diagnósticos, aunque muchos se sepan dados a la morbosa especulación de los hechos.
Alejadas del corro de silenciosa iluminación, las pequeñas farolas cilíndricas de un parque duermen como las orugas de seda, momificadas en carcasas recubiertas de óxido marrón, y abriendo ligeramente los párpados al final del cartucho, dejando caer un suspiro anaranjado y luego un bostezo que se van contagiando de una a otra.
Luego están las mayores, cuyo cuello nace desde la misma baldosa y sube y se curva como el cuello de un diplodocos, siempre mirando al asfalto con una expresión todavía expectante. Tan expectante que incluso en ocasiones se ve a alguna estirar su lengua y atizar un chispazo al insecto que distraía su atención. Tantos chispazos que a unas cuantas se les ha tenido que enclavijar un bozal pensando en el buen dormir de los vecinos y en la estabilidad de la cadena alimenticia de los anfibios del parque y los invertebrados de la carretera.
En muy contadas veces es posible ver en la vida a aquellas farolas que por su aspecto y estructura externa han sufrido un equívoco en su identidad y las hay quienes se consideran lámparas alimentadas de aceite y van regulando en consonancia con el ritmo de la noche el grado de iluminación, y quienes se piensan a sí mismas como velas de un candelabro y tienen relaciones de esas que llamamos incestuosas para conservar la unidad y pureza de la familia, y también quienes dicen ser luciérnagas parapléjicas e insisten en que pueden mover la mitad superior de su cuerpo y acaban desenroscándose y perdiendo contacto y muriéndose. Luego hay quien dice ser una llama de fósforo o incluso colilla de cigarro que se quema pero no se consume.
Las más bellas son las que llevan casco de bronce, parece que si las miras desde arriba y vas bajando la calle aún de día, te das cuenta de que su jornada comienza antes de lo que tú esperabas y a medida que recorres la avenida las luces se apagan detrás de ti porque las miras desde abajo y todavía tienen cuerpo de medusa, y ya no alcanzas a ver el sombrero de la que tienes encima, pero miras de nuevo calle abajo y te dejas llevar y ahora sí distingues cómo el casco de bronce se va tornando poco a poco en falda de medusa de cabaré.
Pero ahora presta atención a este viejo que te habla y cuyo rostro ha degenerado por el entumecimiento de su piel a lo largo de los años: ¿Quién pensará en las farolas? ¡Quién!.
miércoles, 9 de enero de 2008
Artefacto noctámbulo
viernes, 4 de enero de 2008
¿Sociedad o dramaturgia?
Habitaciones vacías. Viejos divanes que nunca son verdes, ni siquiera negros, blancos o beigs. Marrones, color que define todo lo que me envuelve, todo lo que toco, todo lo que no me ama y lo que me ama, marrón claro. No puedo cerrar los ojos. No lo intento porque sé que no puedo. Ayer, fumé marihuana y ví tres películas, desde las una de la madrgada hasta las siete creo, aunque estoy de suerte, es Navidad. Así que intercalé buenos turrones con la maría. A veces siento que me reconforta la mediocridad si soy yo quien la estipulo, si no, el mismo hecho puede resultarme repulsivo. La primera película era de Hitchcock, Encadenados vaya es bastante bonita y me gusta como se deleita en plasmar la borrachera de Ingrid Bergman cuando aún están en Miami. La película me deja un sabor de boca no dulce que aplaco con algo de chocolate almendrado. Sobre mi cama tengo incluso platos, un cuchillo con tres tabletas diferentes de turrón, tengo almendras rellenas de crema y bombones rellenos de almendras con algo de crema.
Soy feliz y me apetece invitar a gente por lo que decido hacerme un buen porro y poner la siguiente película. En realidad no se cual veré pero la magia de internet me permite haber previsto estas noches inciertas en las que el sueño llega cuando el sol me echa un primer vistazo. Recibo un sms mientras decido ver Chinatown, el mensaje dice “el cadaver exquisito solo beberá vino joven”. Eso significa que alguién más está inmerso en su mente. Apostaría a que el plan nocturno del citador dadaísta no difiere tanto al mío. Apostaría a que no puede dormir ni unos míseros cinco minutos hasta después de desayunar. El confort me invade, me deleito con una madrugada que no me acoge para dormir. Me encanta apostar. El colocón aún me deja englutir más y para ello nada mejor que dos enamorados de la patria americana pongo Dos Hombres y un destino, transcurre la película sin pena ni gloria y es el sol el que interrumpe pero no me molesta; me gusta. Desde algo más abajo de mi ventana, emerge del mar y no sé cuándo lo hace pero siempre le da tiempo a secarse. Verle tan temprano es como una señal, parece entender que necesito descansar y toma el relevo en mi carrera hacia ninguna parte. Bueno basta de pensamientos alborotados que se traducen en cine, alimentación pueril y bastante hierbuna. Despertar a las dos de la tarde es una sensación magnífica si tienes hambre recién levantado, si logras salir de casa antes de las cuatro e ir a una biblioteca y quedarte mirando la gente que desea amar cada letra y la que sólo vomita su tiempo libre.
Me gusta apostar. Tengo unas cartas muy interesantes. No las he visto pero es una buena mano y si no, sé muy bien ir de farol. En mi vida, crear papeles, asignarlos e hilar historias, me mantiene vivo y a salvo. Por eso sé que llevo buenas cartas.
Son las seis de la tarde, he logrado tener hambre aunque no ha sido mérito propio. Creo que si comes mucho luego tienes más hambre y si no comes también; el secreto es no pensar mientras comes sino limitarse a comer. También he logrado salir de mi casa a las tres y media y llegar a la biblioteca pero está cerrada. Es gracioso, hay mucha gente a sus pies. Así que me siento y me hago un porro. Abro mi bolsa ahogadora y retiro algunos bolígrafos. Antes de sacar mi libro me están poniendo una multa de 300 euros. No está bien tanta maría en público. “Vaya puta loca “- dicen los policías cuando ven como visto zapatos de tacón- Pienso yo no es para tanto, una punta afilada es lo que me gusta y no una segada y áspera y así se lo transmito al gendarme. Se tropieza con la mala suerte de empujarme contra una farola, mis riñones chocan contra el hierro, mis tacones ceden y caigo de boca sobre la acera. Siempre que noto sangre en mí boca pienso en cosas positivas, por ejemplo, que seguramente esta gente tan amable, que vela por mí, se habrá largado y yo me he librado de esos trescientos euros. En realidad mi condición sexual no les importa es solo el hecho de los tacones. Tiene sentido. Una chica es internada en una estupenda residencia de estudiantes femeninas, donde se le prohibe que su padre entre en su habitación al portar este un pene entre sus piernas y poder suscitar deseo sexual por parte de sus compañeras o por ella misma. Si lo analizamos, lo que se hace es asociar en la mente de la niña dos conceptos HOMBRE IGUAL A SEXO. Por tanto la niña en cuanto vea un hombre lo identificará con sexo. Un hombre es plenitud, es desgarro, un hombre no es algo que se pueda escribir y mucho menos no es sexo. El sexo es un parámetro tan grande que podemos encontrar todo un universo de posibilidades lujo, pobreza, asesinos, truhanes, caballeros, damiselas... y aún así es solo un planeta dentro de la constelación que es el hombre. Si a estos gendarmes se les ha asociado la idea de ZAPATO DE TACON IGUAL A VEJACIONES PARA SUBSANAR, no tienen culpa, solo han tenido malos maestros. Los maestros reconocidos en nuestra sociedad solo son viejos divanes marrones.
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