miércoles, 9 de enero de 2008

Artefacto noctámbulo



En estas calurosas noches de verano, cuando el cuco del reloj que tengo dentro de mi cabeza despierta en su casita de madera y sale volando directamente hacia mi, justo alcanza a pellizcarme la nariz con su piquito de madera y se deja caer con todo su peso colgante de los muelles que tiran hacia arriba de mis párpados. Entonces miro el reloj, el que es de verdad, el de encima de la mesilla de noche, y cuatro números en rojo marcan las dos cuarenta y cinco de la mañana, cosas de la vejez.

Con mis dedos pulgares empujo poco a poco cada moneda de botón al otro lado de la soga, y los azules discos quedan todos colgando de sus deshilachados cuellitos, agradecidos de veras desde los cuatro agujeros de sus cabezas de platito de café. Luego voy despegando las dos hojas de pijama de piel arrugada que se adhiere a la aún más arrugada. Tomo el albornoz que me abraza y absorbe los últimos restos de sudor frío, que no se había llevado la mudable piel escamosa de la noche.

Entonces salgo al balcón, adonde llega desde la calle como una ligera lluvia ascendente de color anaranjada. Miro y veo un corro de farolas cabizbajas que se dan la mano, y permanecen quietas y cabizbajas guardando un minuto de silencio por tres de las bombillas fundidas la pasada noche. Una de ellas debió de haber sufrido una fuerte fundición porque se la ve ennegrecida, con la carita manchada de hollín, mientras que de otra sólo se sabe que nadie había allí cuando ocurrió, y que por tanto no se sabe nada, otra de las dramáticas consecuencias de que en las facultades de medicina no se les permita matricularse a los llamados vidriosos, que no hay quien les quiera practicar una biopsia con fines diagnósticos, aunque muchos se sepan dados a la morbosa especulación de los hechos.

Alejadas del corro de silenciosa iluminación, las pequeñas farolas cilíndricas de un parque duermen como las orugas de seda, momificadas en carcasas recubiertas de óxido marrón, y abriendo ligeramente los párpados al final del cartucho, dejando caer un suspiro anaranjado y luego un bostezo que se van contagiando de una a otra.

Luego están las mayores, cuyo cuello nace desde la misma baldosa y sube y se curva como el cuello de un diplodocos, siempre mirando al asfalto con una expresión todavía expectante. Tan expectante que incluso en ocasiones se ve a alguna estirar su lengua y atizar un chispazo al insecto que distraía su atención. Tantos chispazos que a unas cuantas se les ha tenido que enclavijar un bozal pensando en el buen dormir de los vecinos y en la estabilidad de la cadena alimenticia de los anfibios del parque y los invertebrados de la carretera.

En muy contadas veces es posible ver en la vida a aquellas farolas que por su aspecto y estructura externa han sufrido un equívoco en su identidad y las hay quienes se consideran lámparas alimentadas de aceite y van regulando en consonancia con el ritmo de la noche el grado de iluminación, y quienes se piensan a sí mismas como velas de un candelabro y tienen relaciones de esas que llamamos incestuosas para conservar la unidad y pureza de la familia, y también quienes dicen ser luciérnagas parapléjicas e insisten en que pueden mover la mitad superior de su cuerpo y acaban desenroscándose y perdiendo contacto y muriéndose. Luego hay quien dice ser una llama de fósforo o incluso colilla de cigarro que se quema pero no se consume.

Las más bellas son las que llevan casco de bronce, parece que si las miras desde arriba y vas bajando la calle aún de día, te das cuenta de que su jornada comienza antes de lo que tú esperabas y a medida que recorres la avenida las luces se apagan detrás de ti porque las miras desde abajo y todavía tienen cuerpo de medusa, y ya no alcanzas a ver el sombrero de la que tienes encima, pero miras de nuevo calle abajo y te dejas llevar y ahora sí distingues cómo el casco de bronce se va tornando poco a poco en falda de medusa de cabaré.

Pero ahora presta atención a este viejo que te habla y cuyo rostro ha degenerado por el entumecimiento de su piel a lo largo de los años: ¿Quién pensará en las farolas? ¡Quién!.

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