El reloj colonial anuncia las 6 con un enorme estruendo, las almas muertas del campo santo, se despiertan. Estás preparado, vestido con tus mejores prendas, aseado, afeitado...Hundido. El cielo parece que ha descendido hasta la altura de tu cabeza, oprimiéndote. El ambiente es cálido, sientes el sudor aparecer en cada poro de tu cuerpo, te asfixia, tienes sed. No sabes que vas a encontrar dentro de la comisaría, y tu mente vaga por las infinitas profundidades de la desesperación, temes su compañía…
Ahora recuerdas aquellos días en los que conversábamos juntos, sin parar, excelentes comidas y vinos nos rodeaban, cada plato era saboreado como si se después fuésemos a perecer. Por la noche encendíamos velas, y nos acariciábamos con susurros, llenos de sensualidad. Luego se fue y no vino nadie…
El tiempo se detuvo para ti, desde ese último vistazo, ese cruce de miradas desesperadas ante la despedida. El silencio como testigo privilegiado.
Desde ese día, la oscuridad se adueño de tu alma. Los días y las noches pasaban bajo tu cabeza acariciándola, sin dejar apenas notar su presencia. Tres años, tres vidas, tres eternidades, habías saboreado.
Hoy era el día, tu mente vuelve a la realidad, tras el umbral se esconde ahora lo desconocido.
Ahora recuerdas aquellos días en los que conversábamos juntos, sin parar, excelentes comidas y vinos nos rodeaban, cada plato era saboreado como si se después fuésemos a perecer. Por la noche encendíamos velas, y nos acariciábamos con susurros, llenos de sensualidad. Luego se fue y no vino nadie…
El tiempo se detuvo para ti, desde ese último vistazo, ese cruce de miradas desesperadas ante la despedida. El silencio como testigo privilegiado.
Desde ese día, la oscuridad se adueño de tu alma. Los días y las noches pasaban bajo tu cabeza acariciándola, sin dejar apenas notar su presencia. Tres años, tres vidas, tres eternidades, habías saboreado.
Hoy era el día, tu mente vuelve a la realidad, tras el umbral se esconde ahora lo desconocido.
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