
La señora Minerva se despertó lentamente, tendida en el suelo como estaba, con los brazos abiertos al falso techo de la habitación, la mirada todavía cruzada por la confusión, y una pierna seductoramente flexionada sobre la otra. Ambas terminaban en dos pies descalzos, cuyos talones manchados de café molido eran la continuación de unos tobillos aún hinchados por correr. Y a la superficie general de la piel (hasta las rodillas) se le había acoplado una piel de apariencia más barnizada o melosa, que le daba a sus piernas el carácter de dos prótesis más que dignas.
Sobre sus rodillas se abría la tela de una falda que envuelve mis caderas. Permanezco con la blusa entreabierta bajo el falso techo. Adolezco de una indomable corriente que inmoviliza y carcome la salud de mis piernas. Las paraliza y se las adueña, y no puedo controlarla. Hace un momento las sentía pesadas y parecía que se volvían áureas. Ahora, la piel se agrieta, y de los surcos asoman destellos, te dan la espalda y son escamas de pez. Creías que iba a acabar, que todo terminaría siendo un mal sueño. Adelante, súbete la falda, ¿te gustan tus nuevos muslos de besugo? ¡adiós a la cera, nena, no más depilación! Verás qué sorpresa te llevas cuando descubras la unión en la bifurcación del tronco. ¡Jajajaja! Tu oscuro manantial ha sido cubierto por rocas, cosido y tapado por una piel de animal marino…
Minerva ya no es ella misma. Ahora da lástima, no me gusta nada su actitud. Un tren de cremallera ha bajado desde su rosado párpado hasta sus pulgares. Ella misma enseguida se ha dado cuenta de lo sirena que era: la falda se ha partido sin poder con el volumen de su enérgica aleta, en un grito de furia ha desgarrado su propia blusa descubriendo los dos senos de sirena, y sus cabellos han seguido descendiendo onduladamente, deslizándose sobre hombros y omoplatos, hasta tocarme. Acto seguido la sirena se ha alzado sobre sus dos brazos como si fueran muletas, el vientre rígido y plano, los ojos se le han vuelto de plata y ha sonreído hasta dejar los colmillos al descubierto -una sonrisa de sufrimiento-. Sus pezones son de color rosa y miran fijamente, entre mechones de pelo dorado, el falso techo bajo el cual se balancean nuevamente sus senos, cada vez que recibo el siguiente aletazo.
Minerva tiene una aleta de acero, y con ella hace que mis tablas se dividan en unas doscientas astillas más por cada nuevo hachazo. Con ello Minerva consigue multiplicar mis perspectivas de la escena, sometiéndome a una rigurosa dieta de detalles. Me está destinando a comprender lo que es la cebolla sin sus capas, o lo que es la rosa sin sus pétalos. ¿Qué es la tabla sin sus astillas? ¿Una multitud de perspectivas simultáneas? A medida que voy desapareciendo, también comprendo mejor el placer y el dolor de Minerva. Me puedo sentir más próximo a ella, por cada aletazo que me propina. Más cerca de ella; más dentro de Minerva.
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