miércoles, 19 de diciembre de 2007

Sueño Fragmentado [ ACTO Iº ]

Helmutt Späschflicht, sentado frente a su máquina de escribir, Everwalder Strasse, München, ALEMANIA.


No voy a andarme con rodeos, si no lo escribo ahora desaparecerá de mi mente para siempre. Son tres sueños, o un mismo sueño fragmentado en tres. Los recuerdo con extraña claridad, seguramente porque aún no he despertado del todo y me encuentro en alguna parte entre el sueño y la realidad de mi habitación. Llamaremos a nuestros sueños Actos.


ACTO PRIMERO:

Estoy en una cocina bastante antigua. No estoy en mi casa, de eso estoy seguro, al igual que estoy seguro de no conocer a la anciana que tengo delante. Aún así, todo me resulta muy familiar; los olores, las manchas de humedad del techo, el descolorido tapiz de flores de las paredes, incluso el Sauce Llorón grande e imponente que está plantado en mitad de la cocina y que ocupa casi la totalidad del espacio con sus pesadas ramas que cuelgan hasta el techo.

La anciana, de espaldas a mí, cocina algo que no puedo ver sobre un viejo fogón instalado junto al tronco del Sauce, al abrigo de las hojas. Entonces deja lo que está haciendo y se gira hacia mí. Su rostro está surcado por más de un millón de arrugas, y tiene unos ojos pequeños como lentejas. Me observa con atención, me recorre con la vista de pies a cabeza, y finalmente posa sus ojos en los míos. Esboza una sonrisa torcida, una sonrisa fea pero que no puede ser otra cosa que encantadora, un gesto de máxima ternura, el reflejo de un amor eterno. Se acerca a mí y me acaricia la cara, sin separar sus ojos de los míos en ningún momento, sin pestañear, siempre sonriente. Pasa sus dedos ásperos por mis ojos, por mi nariz, roza mis labios con el dedo índice, me peina las cejas. Detiene su mano entonces en mi oreja y la acaricia con suavidad mientras va introduciendo suavemente el dedo, cada vez más hondo. Cuando su dedo toca mi tímpano, mi cariño por la anciana se torna en pánico. Ella sigue sonriendo, pero algo ha cambiado en ella. Alzo los ojos y observo por primera vez de cerca sus ojos, y me parecen de un negro intenso, como el traje de un cuervo, y la anciana misma me parece un gran ave que de un momento a otro va a desplegar unas grandes alas y se va a posar en una rama del sauce. Su dedo sigue deslizándose por mi oreja, y cuanto más se adentra mejor oigo la melodía, unas notas musicales que flotan en mi interior. Parece un himno, o una marcha triunfal. Oigo trompetas repiquetear, coros de mujeres elevar sus voces hasta el cielo, o lo que es lo mismo, hasta el cielo de la cúpula que forma el sauce.

La anciana retira su dedo de mi oreja y señala a lo alto del árbol, donde veo una pequeña cabaña de madera que hasta entonces me había pasado inadvertida. La anciana trepa por el grueso tronco con una agilidad pasmosa, y cuando se encuentra a una altura por encima de mi cabeza compruebo con horror que tiene una pata de palo. Esa imagen de la anciana trepando por el sauce y el sonido hueco de su falsa pierna al pisar, me congelan, me paralizan. Ella continúa escalando hasta la cabaña, pero yo me quedo en el suelo, observándola. Cuando llega a su meta, la vieja me señala y se ríe. Luego empieza a gritar cosas indescifrables en algún idioma olvidado, y comienza a lanzarme piedras de un cesto de mimbre que tiene a su derecha. Una piedra me alcanza en la frente y caigo al suelo en un estado de semiinconsciencia, y lo último que veo antes de despertar es cómo la vieja me señala y se ríe a carcajadas, disfrutando de mi humillación, se recoge el vestido y comienza a bailar un claqué con su pata de palo, en el tejado de la cabaña, emitiendo aullidos y cacareando.

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