
Me dispongo a relatar una serie de hechos que acaecieron en mi vida allá por la época estudiantil, todavía en el colegio el sol cascaba duro por aquellos días y en las aulas todo era igual, de esos hornos humeantes me acuerdo mucho últimamente y del misterioso prodigio del horario y sus asignaturas, los cuales nos envolvían en una magna rutina cuasi fantasmagórica.
Algo se produjo en la mente de los profesores que los volvió cada vez más y más callados, en ocasiones sumidos en un aparente letargo o profundamente abstraídos. Cuando retrocedían en su ensimismamiento por haberte insertado en su aura, ellos siempre contestaban de manera vaga y confusa, luego se giraban a copiar la lección en la pizarra y se desplomaban en la butaca como animales de cera que necesitaran absorber la luz proveniente de las ventanas. El polvo de tiza que flotaba a la altura de los hombros les otorgaba la apariencia de seres divinos descendientes del Olimpo a alumbrarnos con su presencia, pero bastaba con acercarte a sus departamentos para lamentar con la mente surcada de sangre el irrefutable error de haber girado de una vez el pomo que abre la puerta. Es indescriptible la sensación de terror al ver al menos una decena de compañeros descosidos de arriba abajo, amasijos de órganos y despojos en la fría losa, y unas figuras sombrías y visiblemente trastornadas en las que apenas podía adivinarse rasgo alguno que perteneciera a nuestros antiguos profesores. Demasiado tarde, como siempre, para cuando pudimos reaccionar los carroñeros ya se abalanzaban virulentos contra nosotros abriendo sus fauces rebosantes de espuma.
Lo siguiente que recuerdo es ya el día acordado para nuestra ejecución. Un larguísimo viaje a través de senderos y desiertos hasta deshilacharnos en una región que siempre estaría más allá, un paisaje árido que es solamente comparable a algo así como el vientre de la muerte. Nos distribuimos por grupos de veinte bajo un sol palpitante que ciega hasta los pensamientos, delante de cada grupo un profesor sujeta con una mano la lista de los condenados y con la otra señala en el suelo una red de barrotes semejante a una parrilla para animales, en la cual sólo asoma todavía una tímida llama. Antes de que nos diéramos cuenta el responsable que se hacía cargo de nuestro grupo ya había pronunciado el nombre de María Belardi, la primera en la lista resultó ser una de las gachís mejor dotadas en lo que a la figura se refiere; había tenido un desarrollo prematuro de sus encantos, que con el tiempo llegaron a ser fascinantes atracciones para la imaginación y los pasatiempos solitarios, también eran pasadizos en los que nos escurríamos decididos a huir del hastío de los hornos humeantes. La chica caminó serenamente hasta el centro del área tejida de rejas, en ese momento la llama acogió su falda entera (alcancé a sentir en mis manos el fuego que azotaba las suyas transformándolas en dos muñones de puro dolor, pero en su cara no cambió nada excepto, quizás, un leve pestañeo) y rápidamente el fuego se enfureció hasta arriba engullendo su preciosa cara, quemándole la cabellera en un santiamén y arrancándole toda la piel a tiras hasta mostrar una calavera negra y dolorida. Entonces el horizonte se difuminó mostrándome a lo lejos el infinito circundante, y comprendí que de alguna manera, y a pesar de lo inconcebible del asunto, mis compañeros y todo el resto de los alumnos tendían de manera natural a acatar las órdenes de los maestros, por más que sus vidas estuvieran en juego. Sufrirían las consecuencias de aquel tejemaneje asumiendo su fatal destino. Mientras tanto, en su expresión seguiría manteniéndose ese gesto de cordura ilusoria, incluso en el empeño de la agonía. Uno tras otro fueron quemándose y extinguiéndose los adolescentes y los que aún no lo eran, hasta que llegó mi hora en que pisé las llamas con mis suelas de goma y miré verticalmente al sol, reconociendo en él la lámpara que me esperaba encendida en el fondo del techo cuando de un sueño soñado en los delirios de una fuerte fiebre, retorné a las sábanas de sudor y desgarro. Dos años más tarde me propuse describirlo, siempre y cuando fuera antecedido por un argumento ficticio que apagara la voz del sueño, y que le aportara esa categoría ontológica que sin duda tuvo para mí mientras lo soñaba.
Algo se produjo en la mente de los profesores que los volvió cada vez más y más callados, en ocasiones sumidos en un aparente letargo o profundamente abstraídos. Cuando retrocedían en su ensimismamiento por haberte insertado en su aura, ellos siempre contestaban de manera vaga y confusa, luego se giraban a copiar la lección en la pizarra y se desplomaban en la butaca como animales de cera que necesitaran absorber la luz proveniente de las ventanas. El polvo de tiza que flotaba a la altura de los hombros les otorgaba la apariencia de seres divinos descendientes del Olimpo a alumbrarnos con su presencia, pero bastaba con acercarte a sus departamentos para lamentar con la mente surcada de sangre el irrefutable error de haber girado de una vez el pomo que abre la puerta. Es indescriptible la sensación de terror al ver al menos una decena de compañeros descosidos de arriba abajo, amasijos de órganos y despojos en la fría losa, y unas figuras sombrías y visiblemente trastornadas en las que apenas podía adivinarse rasgo alguno que perteneciera a nuestros antiguos profesores. Demasiado tarde, como siempre, para cuando pudimos reaccionar los carroñeros ya se abalanzaban virulentos contra nosotros abriendo sus fauces rebosantes de espuma.
Lo siguiente que recuerdo es ya el día acordado para nuestra ejecución. Un larguísimo viaje a través de senderos y desiertos hasta deshilacharnos en una región que siempre estaría más allá, un paisaje árido que es solamente comparable a algo así como el vientre de la muerte. Nos distribuimos por grupos de veinte bajo un sol palpitante que ciega hasta los pensamientos, delante de cada grupo un profesor sujeta con una mano la lista de los condenados y con la otra señala en el suelo una red de barrotes semejante a una parrilla para animales, en la cual sólo asoma todavía una tímida llama. Antes de que nos diéramos cuenta el responsable que se hacía cargo de nuestro grupo ya había pronunciado el nombre de María Belardi, la primera en la lista resultó ser una de las gachís mejor dotadas en lo que a la figura se refiere; había tenido un desarrollo prematuro de sus encantos, que con el tiempo llegaron a ser fascinantes atracciones para la imaginación y los pasatiempos solitarios, también eran pasadizos en los que nos escurríamos decididos a huir del hastío de los hornos humeantes. La chica caminó serenamente hasta el centro del área tejida de rejas, en ese momento la llama acogió su falda entera (alcancé a sentir en mis manos el fuego que azotaba las suyas transformándolas en dos muñones de puro dolor, pero en su cara no cambió nada excepto, quizás, un leve pestañeo) y rápidamente el fuego se enfureció hasta arriba engullendo su preciosa cara, quemándole la cabellera en un santiamén y arrancándole toda la piel a tiras hasta mostrar una calavera negra y dolorida. Entonces el horizonte se difuminó mostrándome a lo lejos el infinito circundante, y comprendí que de alguna manera, y a pesar de lo inconcebible del asunto, mis compañeros y todo el resto de los alumnos tendían de manera natural a acatar las órdenes de los maestros, por más que sus vidas estuvieran en juego. Sufrirían las consecuencias de aquel tejemaneje asumiendo su fatal destino. Mientras tanto, en su expresión seguiría manteniéndose ese gesto de cordura ilusoria, incluso en el empeño de la agonía. Uno tras otro fueron quemándose y extinguiéndose los adolescentes y los que aún no lo eran, hasta que llegó mi hora en que pisé las llamas con mis suelas de goma y miré verticalmente al sol, reconociendo en él la lámpara que me esperaba encendida en el fondo del techo cuando de un sueño soñado en los delirios de una fuerte fiebre, retorné a las sábanas de sudor y desgarro. Dos años más tarde me propuse describirlo, siempre y cuando fuera antecedido por un argumento ficticio que apagara la voz del sueño, y que le aportara esa categoría ontológica que sin duda tuvo para mí mientras lo soñaba.
2 comentarios:
por favor, dejemos la ontología en paz: sabes que usar la palabrita aquí es baladí y que, aunque no lo fuera, nadie va a saber lo que quiere decir.
Si quieres te lo digo yo: qué guay eres!qué profundo eres y cuánto sabes!
El relato es sin-más (tiene sentido? no digo argumento lineal, simplemente: algún sentido?)y te encanta mezclar "los vómitos con los dioses", ya me entiendes. Y tuvo que salir la tía cahonda. "Gachi"??? de dónde salió eso??? Es una de esas palabras que tus nuevos compañeros cristiano viejo-s y terruñeros te enseñan? mola mazo!!
jaja
besos!
-Un relato no es más guay cuantas más palabras raras y contenido erótico tenga... de hecho solo realza que se intenta adornar un sueño para suplir la falta de creatividad
(estoy amargado de tanto leer-estudiar-escribir... examen y entrega el 8, sorry, estoy exigente)muaaa
por cierrrto:
http://www.nietzscheana.com.ar/
http://www.heideggeriana.com.ar/
http://www.jacquesderrida.com.ar/
Xabi, te voy a contestar por puntos:
- "Categoría ontológica" es la expresión que mejor designa aquello a lo que me refiero en el relato. También pensé "categoría óntica". Pero desde luego no te consiento que digas que soy un pedante. No te confundas.
- No voy a dejar de utilizar un término filosófico que se adecua a mi narración sólo por que para alquien pueda suponer un cultismo, o se escape de su vagaje lingüístico.
- Si puedo conseguir que alguien aprenda una nueva palabra, mejor que mejor.
- En lo del sentido del relato ni siquiera voy a entrar, pero creo que tendrías que haberte explicado mejor si lo que querías era plantear una questión abierta a discusión.
-La lectura de la narración puede resultar interesante, y con eso me basta para publicarlo. Si es que iban por ahí los tiros.
- El contenido erótico era algo que formaba parte del sueño, y se daba simultáneamente con las escenas apocalípticas que se describen. Pretendo definir la textura de la narración mediante el trazo de una línea que une ambos ámbitos. Nada de "mezclar vómitos y dioses", como tú dices.
-Acerca de cómo tiene que ser un relato, creo que hay muchas cosas que decir. Esas "lecciónes" que tú pretendes darme son las más elementales. Sinceramente creo que voy más allá en mi relato, y me gustaría que reconsiderases las cosas que me has dicho.
-"Gachí", en concreto, es un término que ya me encontré en Alphaville, película que tú me enseñaste. Aunque ya la había leído en Miller, y la he oído en ocasiones en la calle.
-Aborrezco el tono en el que me escribes; tú eres mucho más dulce. Eso de que estés amargado no justifica que me empieces a soltar serpientes y culebras por las fauces.
-De todas formas se agradece el comentario, ¡por fin alguien que muestra algo de interés!
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